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          PASIÓN QUE ES TAMBIÉN LA TUYA

 

      

                           Juan Rafael Mena

                                                    **************************

                                            COLABORACIONES DIVERSAS

 

             AROMAS DE CUARESMA

 

Ya, sobre el campanario del Carmen, las cigüeñas

trazan pequeños círculos de azules garabatos,

y albahacas, geranios en cascadas alegres

se vuelcan por balcones, en patios y pretiles.

Ya los levantes secan el agua a los esteros

y los cuarzos de sal, en primicias, destellan;

ya desde el pétreo Puente hasta la arbórea Ardilla

alza la primavera golondrinas y cales,

las campanas convocan a triduos y quinarios

y carteles con Cristos y Vírgenes anuncian

que está cerca el redoble del tambor, la corneta,

tal vez por horizontes de compuertas y almenas,

cimbreada la Isla por mareas y vientos,

le da seguridad la quilla del Vía-Crucis

que la orienta en el mar de su honda Cuaresma,

y despuntan pregones lo mismo que claveles,

o el incienso se ondula como el canto en la bóveda,

y ondean, como grímpolas de un reino imaginario,

sobre los tendederos, túnicas y fajines,

cíngulos que sacuden sus huellas soñolientas

de humedad de almacenes, que despiertan y exhiben

faroles, estandartes, pértigas y ciriales.

Se sueña, refulgente, igual que una custodia,

el Domingo de Ramos con júbilo de palmas,

y Rosario, Real, Ancha, Herrán y las Cortes

acicalan de antigua veneración sus losas,

sus paredes rezuman las voces de otros años,

el pisar de otros siglos que vuelven a la vida

cuando clama una marcha o hiere una saeta,

y otras generaciones que se fueron contemplan,

desde los miradores ocultos del espíritu,

la agonía de un Cristo o el llanto de su Madre

honrar el pavimento que hoy pisan otras gentes.

Igual que un miserere, se oscurecen los ojos

del Viernes desplomado en su cruz de silencio,

y mordaza de luto y de espera es el Sábado

cuando pisa las lágrimas de la cera en las calles

y camina buscando (todavía en su oído

un rumor de varales y un «¡Ar cielo con Ella!»)

el camino escoltado de aleluyas y ángeles

donde brilla la gloria de la Resurrección.

 

                                            La  Cuestión, Cuaresma de 1990

 

UN BREVE PREGONCILLO ENTRE LA CUARESMA

             Y EL DOMINGO DE RAMOS

 

 

Entrados en la niebla pluvial de la Cuaresma,

los días ya comienzan a abrir los almacenes

donde se saca brillo a la candelería,

senatus, candelabros, varales y faroles,

trompetas, estandartes, y la plata destella;

se huele a naftalina y despiertan las túnicas

de su sueño anual con cíngulos, fajines

entre cajas, papeles respirando humedades,

y todo es ajetreo en la fecha inminente

con pertrechos por medio y la gente, y un fondo

de marcha entrecortada por la mayordomía

que acucia improrrogable los últimos detalles.

 

Las póstulas caminan por las calles los sábados

a mediodía y tarde cuando el sol centellea

cual si de primavera fuese un gozoso anuncio,

repicando campanas de quinarios y triduos

con doseles solemnes, con incienso, con velas;

besapiés fervorosos, besamanos devotos,

la elocuencia sagrada de las predicaciones,

cuando en escaparates y puertas comerciales

los carteles avisan que vienen  los tambores

entre tardes más largas y Via-crucis de barrios,

y un aroma de roscos de las confiterías

sale como un sahumerio pagano por las calles,

que cruzan golondrinas pregoneras de azules,

mientras que ya claveles, geranios y albahacas

asoman por balcones, ventanas y pretiles

igual que un homenaje con ecos de saeta

que endulzan los perfiles de la Pasión de Cristo

y el dolor incurable y ejemplar de María;

los sones entusiastas que da El Respiradero

difundiendo en sus ondas el calor de la víspera,

que alienta a los cofrades, como a los cargadores,

que entrenan, ya de noche, en calles solitarias

y las bandas ensayan sus compases futuros,

y el naranjo trasmina perfume de pregones

en que el niño y el joven encienden su memoria

y el hombre y la mujer no olvidan su ceniza,

y encuentra el sufrimiento su norte y su sentido

en la sangre inocente que pasa asesinada

y habrá de gotear, invisible, en los pechos

de quienes en las calles asisten a ese drama

y aún tienen sin saberlo un resto de inocencia

debajo de la lengua, que rezará en silencio

cuando Jesús transite con su Misterio encima

y su Madre le siga por su ruta cruenta;

y el alma se renueve, resurja de su hastío,

de su desesperanza cansina por el año

irguiéndose lo mismo que una palma dorada

cuando el domingo rompa el cristal de su aurora

y una brisa de Gracia a la Isla reanime,

montándola en la grupa de una esperanza cierta:

¡démosles los hosannas de la fe, como niños,

en nuestras almas, limpias más que nunca esos días!

             

                                 La Cuestión, Cuaresma de 1991

 

                         LA MÚSICA Y LA SEMANA SANTA

 

                                                    A Rafael Huertas Soria

 

   La importancia que tiene la música en los desfiles procesionales no está del todo considerada por muchos cofrades. Comprendo que también tienen su encanto las cofradías que van en recogido silencio. No se trata de hacer una oposición disyuntiva, sino de destacar la variedad y sus efectos en el público que asiste a esos desfiles.

Pero parece que ciertas hermandades van más a gusto con los acompañamientos musicales, además de constituir en ellas un factor imprescindible de su personalidad cofradiera. Por otra parte, ciertas marchas se han popularizado entre las ya clásicas. Me refiero a marchas compuestas por autores isleños o residentes  en la Isla.

Uno de esos músicos que han logrado ganarse una justa simpatía entre los finos catadores de las marchas semanasanteras, es, sin duda, Rafael Huertas, que en colaboración con J.J. Puntas, ha compuesto dos marchas deliciosas y ya harto conocidas en el repertorio habitual de nuestra Semana Mayor. Me refiero a Cristo Rey  y Jesús Nazareno. Otras marchas compuestas por Rafael Huertas han sido Poder y Amor  y Virgen de la Soledad. Asimismo, también en colaboración con quien esto suscribe, creó la Plegaria a la Virgen de los Dolores en 1988. Aunque no he de salirme del tema, también debo recordar que Huertas es autor de piezas bellísimas de “música profana”, para diferenciarlas de la religiosa. No hay voy a entrar en títulos de esas composiciones populares, pero aquí dejo constancia de ellas para que los lectores sepan que en la Hermandad hay un auténtico músico de inspiración variada que está beneficiando al acervo cultural isleño y se ha de reconocer quiera que no.

Precisamente esas dos marchas citadas -Cristo Rey y Jesús Nazareno- han conseguido atraer la atención de muchos aficionados, que no dudan en hacer encomios de ellas, pues sus compases son enormemente adecuados a la índole de los desfiles que se llevan a cabo en nuestro pueblo. Otras marchas de compases más sinfónicos -sevillanas en su mayoría y que nunca, o casi nunca oímos por aquí, en la calle- quizá estén en desacuerdo (quiero decir desacuerdo artístico por el efecto que producen al ritmo de la procesión y no por la calidad) con las marchas aludidas, pero lo mismo que nos acostumbramos a las hermandades que carecen de elementos musicales, y no por ello dejan de producirnos veneración, también hemos de habituarnos a un cierto estilo de llevar los pasos y de ejecutar las marchas, condiciones éstas que definen el carácter de una manera de concebir la Semana Santa, así como motivar al público a que asista a los desfiles con silencio y respeto.

         He querido con este articulito rendir un emocionado y pequeño homenaje a mi querido amigo Rafael Huertas, que ha compuesto —junto con Juan José Puntas— dos marchas cimeras e inolvidables de nuestra ya importante e insoslayable Semana Mayor

 

Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Cuaresma de 1992

 

          DOMINGO DE RAMOS

 

                                a Lola Olmo Pavón

 

Palmas doradas, vestimenta hebrea,

gozo y rumor de niños en las filas,

irisación de fiesta en las pupilas.

Jerusalén: calle Real, ya rea.

 

El sol sube en anciano a la azotea

y abre hacia Cádiz palomares lilas.

Una brisilla, a lentas retahílas,

mueve en el Puente el cieno y la marea.

 

Rompe el tambor y la corneta augura.

Rosco, sabor tan noble que inaugura

el domingo de incienso, marcha y bulla.

 

Año tras año el pueblo solemniza

su tradición, y en ella se eterniza,

y vive y ama en esa fe tan suya.

 

San Fernando Información, 12 - IV-1992

 

 

          LA EMOCIONADA VÍSPERA

 

 

Recién planchada está, duerme toda tendida

sobre la cama cuando ya la tarde del Jueves

se deshace en palomas amarillas, dispersas

por níveas azoteas donde el clavel de marzo

y el alhelí de abril su cuaresma perfuman.

La brisilla esporádica que asoma en el poniente

le inquieta, pero el cielo, compasivo, azulea

y promete una limpia madrugada, aunque fría.

Mira cómo los libros se reclinan y sueñan

en la siesta tardía que él conciliar no puede,

por los nervios alertas zarandeado un poco,

y el eco de las marchas que llegan de la radio

y endulzan el oído. Cuando la anochecida,

visitará la iglesia, los Pasos relucientes,

emotivas imágenes, el candor de las flores,

todo sobre el delirio de barrocas molduras;

mas antes de salir a la calle, en la mesa

camilla del desván escribirá unos versos

en los que los tesoros de esta tarde indecible

habrán de perdurar como un íntimo efluvio,

y al bajar la escalera pasará por la alcoba

y, arrobado, lo mismo que otro año, en la cama

contemplará, aspirando del planchado su aroma,

la túnica morada y el cíngulo amarillo.

 

         San Fernando Información, Cuaresma de 1992

 

 

A NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE LOS SERVITAS

 

      (Mater Amabilis)

 

Cuando el luto es más dolor

 y lleva delante al Hijo,

que se pare el regocijo

del mundo, tenga temor

y póngase alrededor

de este Misterio indecible

sin explicación posible:

Dios al mundo ha descendido

y está en esa cruz tendido;

muerto, sí, pero invencible.

 

San Fernando Información, Cuaresma de 1992

 

 

UN RECUERDO DE LOS AÑOS CINCUENTA

 

                                    A mi madre, in memoriam

 

Madrugada del Viernes. Es ya la una.

en la Esquina del Gordo. El bar. Rumores.

Llegan gentes de los alrededores.

Remonta San Antonio*, ancha, la luna.

 

La churrería. La candela brilla.

Todo está listo y echa ya la masa.

Se recoge El Silencio. El tiempo pasa.

Suenan tambores por la Escalerilla.

 

El Paso de Jesús llega a la Esquina.

Detrás, la Virgen. El Compare afina

la saeta y, con brío, enlaza El Palma.

 

Humo. Gentío y entusiasmo. En tanto,

el Encuentro: emoción que es casi llanto

cuando Amargura suena y pica el alma.

 

*Patio de San Antonio, hoy mercado del mismo nombre.

 San Fernando Información, Cuaresma de l993

 

 

 

SONETO POPULAR  A JESÚS NAZARENO

 

A Cristóbal Valle Camacho

Nazareno de siglos y de ahora,

lirio morado de la Madrugada;

Nazareno del Viernes en la aurora,

la cabellera al aire, derramada,

 

¿cuándo esa muchedumbre que te adora

lo mismo a la salida que a la entrada

te habrá de recibir veneradora,

silenciosa y con alma arrodillada?

 

Por el Puente Zuazo ya alborea.

La Isla, que te sigue, te rodea

como ayer las demás generaciones.

 

Di, Jesús Nazareno, di, ¿en qué piensas

de vuelta de alabanzas y de ofensas

y siempre signo de contradicciones?

 

       San Fernando Información, Cuaresma de 1993

 

     CUARESMA EN LA ISLA

 

                  A José Carlos Fernández Moreno

 

Miércoles de Ceniza: campanadas

de la Iglesia Mayor, graves premisas

de la Cuaresma, que ensordecen risas

del Carnaval, aún frescas y exultadas.

 

Póstulas por el centro y barrïadas.

Las carteles. Las túnicas. Las prisas

dentro del almacén con las precisas

urgencias de las horas ya contadas.

 

Boletines. Conciertos y Quinarios.

Besapiés. Besamanos. Incensarios

prodigando el incienso en la función.

 

El Pregón. Sones de El Respiradero,

y un soterrado rezo cofradiero

pidiendo que no caiga un chaparrón.

 

  San Fernando Información, Cuaresma de 1994

 

 

PEQUEÑO MOSAICO PARA LA SEMANA SANTA

 

 

Trozo de Calle Real

entre en el incienso y la marcha.

Cita para los isleños

cuando la Semana Santa,

cuando el azahar delira

y los naranjos estallan,

y las torres de la Iglesia

dan al vuelo sus campanas,

y en cada fila de cirios

la Pasión, callada, avanza,

y un compás de cargadores

bajo los Pasos se iguala,

y así Jesús y María

van que parece que andan,

y la saeta, dolida,

por dentro su verso sangra,

y la emoción se hace rezo

y trepa por las gargantas

y a más de alguna mejilla

muerde, secreta, una lágrima,

y el corazón de la Isla

aquí más vibra y se ensancha...

¡Trozo de Calle Real

entre el incienso y la marcha!...

 

 San Fernando Información, Cuaresma de 1994

 

 

QUINTILLAS PARA EL HUERTO

 

            A Ignacio Bustamante Morejón

                I

Año tras año el Señor

suda sangre, sufre y ora

y el barrio hasta última hora

le alienta a su alrededor.

¡Qué barrio el de la Pastora!...

 

                I I

 

El ángel, hasta el olivo

desciende a darle consuelo.

Nadie ve el íntimo duelo

de Jesús, que estando aún vivo,

ya está a dos pasos del Cielo.

 

              I I I

 

Tiene su Getsemaní

bajando la calle Ancha.

El  gentío se avalancha

y lo vitorea allí

donde el fervor más se ensancha.

 

               I V

 

Y cuando a su barrio llega

no está Jesús solitario,

sino que su vecindario

está que no se despega

fiel y multitudinario.

              

              V

 

Juntos Jesús y María,

bendicen a la Pastora,

que se emociona, que llora

soñando con este día,

que después tanto se añora.

.

           Boletín de la Cofradía  del Huerto, Cuaresma de 1994

 

 

IMPRONTAS NAZARENAS   

                  I

                                                                                           

 Cargadores que dais vida       

 a Jesús por nuestras calles,        

cuidad todos los detalles                                                       

desde la misma salida,                                                          

y durante el recorrío                                                              

cuidad, por Dios, el mecío

y también la recogida,                                                                           

que sobre vuestras costillas                                                    

lleváis nada más y menos                                                     

que a Jesús el Nazareno,                                                        

Señor de los cañaíllas.                                                           

                                                                                                

             I I                                                                            

                                                                                                

Subiendo Capitanía,

qué cansaíto vas ya.                      

Ha sido la madrugá

hasta las claras del día                                                                   

deseando descansá.                                                                

                                                                                                

            I I I

 

Alrededor de tu paso

la Isla se te arracima,

te quiere dar una abrazo

y eso te alivia, y acaso

la cruz menos te lastima.

  

             I V

 

Todos vienen a pedirte

que Tú un milagro les hagas,

y a Ti te esperan las llagas

y el momento de morirte,

y en esas horas aciagas

ni el mismo Padre ha de oírte.

 

               V

 

El gentío va a empellones

y el corazón a rebato.

Entre gritos y oraciones

va Jesús. Paradlo un rato

aquí  mismo, cargaores,

que le va a cantar El Chato.

 

               V I

 

Con la cabeza incliná

hacia el laíto derecho

calla el doló que le han hecho.

Pero, aunque callada va,

cada se clavan

los puñales en su pecho.

 

             V I I

 

Encerrada entre varales,

como callando la pena,

no la entienden los mortales:

sufre estas horas fatales

y sigue estando serena.

 

   Boletín de la Hermandad del Nazareno,

Cuaresma de 1995

 

        TERCERILLAS PARA EL HUERTO

A José María Hurtado, in memoriam

 

En la agonía del Huerto

todos están ya dormidos

 y sólo Jesús despierto.

 

La medianoche se ensancha

con estrellas y gentío

cuando Él baja calle Ancha.

 

Corazón, esta semana

tú sigues siendo tan niño

como en la infancia lejana.

 

Y cuando está la Pastora

como en este día, un gozo

de emoción por bajo llora.

 

La vecindad le acompaña,

y es como un soplo que seca

ese sabor que le baña.

 

Con la Gracia y la Esperanza

detrás, Jesús nada teme

y su angustia se remansa.

 

La gracia de Dios le asiste

y Jesús supera pronto

“que hasta su muerte esté triste”.

 

El ángel el cielo ha abierto

y la voluntad del Padre

acepta el Señor del Huerto.

 

    Boletín de la Cofradía del Huerto, Cuaresma de 1995

 

 

                                  MADRUGÁ ISLEÑA

 

 

                                   Nos pudiste redimir,

                                   Tú, Señor, de otra manera,

                                   y no te importó vivir

                                   en este mundo y sufrir

                                   como otro hombre cualquiera.

 

 

                                   Vas entre velas y flores

                                   con los puñales clavados

                                   y llantos entrecortados...

                                   Da igual llamarte Dolores

                                   que de los Desamparados.

 

 

La Recogía, guía manual de la semana Santa isleña de 1996

 

                Nota. En este año aún procesionaba los Desamparados por la madrugada.

 

 

ACERCAMIENTO EMOCIONAL A LA CUARESMA

                                                 I

Ya por la primavera en raudas pinceladas,

bajean golondrinas por cornisas y almenas

y las tardes estiran claridades más lentas.

De lejos, se perfilan con más brillo los caños

y frondosos naranjos adelantan primicias.

Convocan las campanas con deje tierno y grave

y principian ya póstulas, quinarios y almacenes

en donde toman vida igual que en en otro año

los enseres, despiertos, de humedades y olvidos.

Carteles y mantillas en los escaparates

anuncian la Pasión como un bello perfume,

y sones de trompetas y voces de cuadrillas

ensayan entusiastas con rítmicos primores

porque ya el aire huele a incienso y a saeta.

 

                               I I

 

 Otra Semana Santa que a recordarnos viene

que el sufrimiento existe debajo de las máscaras,

debajo de la piel de la fría costumbre,

debajo de la prisa y las frivolidades;

y el dolor que queremos olvidar, reaparece,

pero vencido ya, sazonado en sus frutos

de paciencia, de fe, de emoción y esperanza...

La lentitud de un Paso de Misterio o de Palio,

aunque ayude la música a endulzar su amargura,

o el candor artesano su tormento serene,

en procesión camina, evangelio en la calle,

que nos señala al Cristo, triunfador de los siglos,

enseñando en silencio con su preciosa sangre

(a pesar de los tiempos), el destino del hombre.

 

                           San Fernando Información, Cuaresma de 1996

 

 

AL CRISTO DE LA BUENA MUERTE DE LOS SERVITAS

 

                           Buena muerte y necesaria

                           ha sido, Señor, la tuya.

                           Que tu vida así concluya

                           -como una muerte ordinaria-

                           ha hecho a la vida plenaria.

                           Pues si lo humano y su suerte

                           con ese cuerpo ya inerte

                           has probado hasta la hiel,

                           por ello el hombre a Ti fiel

                           halla gracia y buena muerte.

 

Boletín Monte Senario, Cuaresma de 1996

 

 

AL SEÑOR DE LA CARIDAD

 

    Habrá quien venga a pedí

    que Tú le hagas un favó,

    y no ve que como a Ti,

    la vida nos pone así:

    solo y hecho un contradió.

 

 

A LA VIRGEN, NUESTRA SEÑORA DE LA CARIDAD

 

Virgen de la Caridá

que lloras mirando al Cielo

y te sirves de un pañuelo

para tu llanto enjugá,

pidiendo al Padre consuelo

como otra cualquié mortá. 

 

                   Sudario, Cuaresma de 1996

 

 

                    

 

           LA MADRUGÁ

 

      CRISTO DE LA SANGRE

Y VIRGEN DE LOS DESAMPARADOS

 

 

No le queda otra cosa que el madero

porque se le va yendo ya la vida,

que la tiene también casi perdida,

casi extinta en un gesto lastimero.

 

Solamente le queda, en un reguero,

la sangre por la piel estremecida.

¿No impone con la frente ya abatida

este Cristo mortal de Berraquero?

 

Su Madre va buscando acongojada

por calles de la Isla al Hijo muerto,

y Ella se lo imagina abandonado.

 

                     Por eso sola va y desconsolada

de tanto presentir; por eso es cierto

que Ella es Madre de los Desamparados.

 

 

LA MADRUGÁ EN LA ESQUINA DEL GORDO

                     (AÑOS 50)

 

Acuérdate, Señor, de aquellas madrugadas

cuando ibas por las viejas y fieles Callejuelas,

o bien dabas la vuelta en torno a la Plazuela

bajo noches risueñas por la luna escoltadas.

 

A la Esquina del Gordo venían del Canal,

de la Albina y las huertas los de todos los años

llenando las aceras con fe devocional

y sencilla, mezclados con curiosos y extraños.

  

El humo de los churros daba tono a la Esquina

y el rumor de los bares de los alrededores.

Corrillos. Comentarios... "¡Ya vienen los tambores!"

Por las Monjas la Cruz de Guía se adivina.

 

El Paso de Jesús baja la calle, o bien

da la vuelta en El Carmen, y la Virgen lo espera

en la Esquina, al calor de una marcha, o también

oyendo la saeta que les salen certera

al Palma o al Compare: a prueba quién es quién.

  

Acuérdate, Señor, de aquellas madrugadas...

Han pasado los años y el barrio, en su memoria

aún conserva de aquellas horas emocionadas

un recuerdo... El más noble, sin duda, de su historia.

 

 

      LETANÍAS PARA ACOMPAÑAR A MARÍA SANTÍSIMA

DE LOS DOLORES EN LA MADRUGADA DEL VIERNES SANTO

                                                                               LETANÍA V (FINAL)

 

Calle Real arriba, queda Capitanía.

Se quiebran los cristales azulinos del día.

 

Tras tu Hijo persigues unas huellas dolientes

 igual que en la mañana de entonces, entre gentes.

 

 María, de algún modo quisiera consolarte

 y no tengo otra cosa que rezar y cantarte.

 

 Y como cualquier hombre disimular su espanto

 escondiéndolo, Madre, debajo de tu manto.

 

 Que el fervor haya dado con esta madrugada

 en nuestra pobre fe su mayor campanada.

 

Que en este Viernes Santo, crespón de primavera,

la oscuridad que hay dentro de nosotros se muera,

 

¡y dame ya por estos redobles de alabanzas

un corazón en donde mecer mis esperanzas!

 

                         (De Pasionario isleño, 1990)

 

 Día a día. La Pasión según los poetas, 1996

 

SAETAS PARA LA PASIÓN DE JESÚS

 

Para que las cante el pueblo

te escribo yo estas saetas:

 

Bendito el que nos da ejemplo

de humildad y de paciencia

y en una cruz se ha tendido

para la salvación nuestra.

 

Entrando en Jerusalén,

trae la paz, que no la guerra,

y las palmas que le aclaman

le escoltan en la tragedia.

 

Orando en el huerto estás

pidiéndole al Padre fuerzas,

mientras te buscan, a oscuras,

los que a la muerte te llevan.

 

Prendido, de un sitio a otro,

vas oyendo la sentencia,

y la sangre se te ofrece

aunque en la herida te duela.

 

Flagelado y coronado

con las espinas cruentas,

cómo conmueve ese cuerpo

que siente a Dios por las venas.

 

Cargado vas con la cruz

entre sudor, sangre y piedras

de tu calle de amargura

cuando sangre y sudor ciegan.

 

En la cruz, en alto, ves

guardias, ciudad, gente, ofensas,

y abajo tu Madre llora

con Juan y la Magdalena.

 

Por tu mente pasa aprisa

la vida como una flecha,

y con tu ejemplo nos dices

que la vida es una prueba.

 

Todo está, al fin, consumado

y tiene la gloria abierta

el hombre. Y Tú, Señor, puedes

reclinar ya tu cabeza...

 

San Fernando Información, Cuaresma de 1997

 

                    UN JESÚS NAZARENO PARA EL FRACASO

 

Todos hemos pasado por momentos de apuro en la vida, todos hemos saboreado esa involuntaria hiel del fracaso que nos ha apisonado el corazón en su mayo de ilusiones; todos, en fin, hemos mirado el cielo con ceño, con los dientes apretados de coraje como si el cielo tuviese la culpa de nuestra mala cosecha en la vida.

Relacionar a Dios con nuestros balances de sucesos y bienes es una costumbre muy de hombre en la calle, muy de creyente de a pie. Ello se debe, sin duda, a una deficiente educación religiosa.  En efecto, creer significa para muchos un contrato que hacemos con Dios y con aquellas imágenes (hablo concretamente para el mundo cofrade) que nos vinculan a Él, como intermediarias en el delicado asunto de la fe.

Es cierto que nuestra debilidad nos empuja a formarnos una idea providencialista de la creencia. Nuestra menesterosidad, nuestra angustia como humanos expuestos a enfermedades, desajustes psíquicos y otras experiencias negativas, nos venden por así decirlo, a un azar benéfico, a una buena casualidad que luego, si sale bien, llamamos la mano de Dios; pero si sale mal, ¿qué hacemos entonces? ¿Qué hemos de pensar de Dios si las cosas materiales o afectivas nos salen mal, muy mal?

 

He conocido a muchos ateos y agnósticos que fueron educados —o que sencillamente se criaron— en esa fe del toma y daca,  del do ut des, en esa fe del pedir temerario como si Dios tuviese una agencia de milagros en los altares, en esa fe pobre y mezquina que sólo se acuerda de santa Bárbara cuando truena.  ¿A quién hemos de culpar de ello? ¿Ha habido buenos predicadores que hayan expuesto la fe desnuda y sin intereses, o bien esos predicadores han estimulado a los creyentes ingenuos a una confianza excesiva e imprudente, apoyándose en el “pedid y recibiréis” del Evangelio, como si esto tuviese que tomarlo en un sentido material y no espiritual?

 

Sabemos por el Evangelio que Jesús pudo ser rey de los judíos, pero Jesús huye a las montañas porque sus miras son otras, porque Jesús quiere vivir profundamente la angustia del hombre en la tierra, la traición, la soledad, la burla y la muerte —y muerte de cruz, patíbulo que los romanos tenían para los delincuentes comunes, que, una vez muertos, quedaban a merced de las alimañas para ser devorados.

 

Jesús pudo plantearse la idea de la redención desde planos intelectuales e iniciáticos, como hicieron grandes maestros pitagóricos; sin embargo, Él baja al pueblo y se mezcla con toda clase de gentes, y no engaña cuando expone las crueldades de la vida, la miseria moral en la que el hombre se mueve y en la que perece por falta de coraje espiritual.

 

Volvamos con la idea central de este artículo. Vivir en Dios no significa estar ya a salvo en este mundo de todas las desgracias que nos acechan; quizá sea todo lo contrario, y visto así, haya fuerzas malignas que se encargan de frustrar las buenas intenciones de los hombres por conocer a Dios y acercarse a Él. Una prueba de ello nos la da la vida de Jesús. Parece como si el dolor y el fracaso, la soledad y el desconcierto nos hicieran desconfiar más de las fugaces alegrías de esta vida temporal y nos ayudaran a intuir la verdadera doctrina de Jesús, o sea “que mi reino no es de este mundo”. Si nos tomamos en serio el mensaje con toda su crudeza, perdemos el tiempo y nos engañamos con un falso Dios que nos protege, nos mima, nos soluciona todos los problemas, porque si ello es así, pensemos en la terrible frase de Jesús moribundo: “Padre, Padre, ¿por qué me desamparaste?” Si Jesús culmina su labor redentora en la tierra con estas palabras, evidentemente Jesús Nazareno es un líder para fracasados, pero de un fracaso que nos ha hecho ver que la vida humana es una prueba, como decían los antiguos catecismos, una prueba que nos da la medida de nuestra pequeñez y nuestro enfermizo egoísmo; en suma, el drama de estar vivos.

 

   Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno,

Cuaresma de 1997

 

TESTIGO DE EXCEPCIÓN EN LA ISLA

 

Isleño: este que pasa ante tus ojos

año tras año por su Madrugada

y mantiene a la Isla desvelada

y es capaz de ponerla hasta de hinojos,

 

dice la Fe que en cruz y hecho despojos,

con su preciosa sangre derramada

trazó senda hacia Dios, senda empinada,

y el cielo entonces descorrió cerrojos.

 

La Fe lo dice, mas si no te importa,

calla y sigue, que muchos corazones

mientras Él pasa en oración están.

 

Él ve tu vida -como a todas- corta,

como vio las de tus generaciones

y las que a ti también te seguirán.

 

 

MADRE DE LOS DOLORES, NAZARENA Y CAÑAÍLLA

 

 

Virgen de los Dolores, nazarena.

En esa soledad que te acompaña

todas las penas llevas en tu pena

por cada madre rota hasta su entraña.

 

El gentío te alivia, te serena.

Pero el dolor tu corazón araña.

Te contempla la Isla en cada almena

y a fe te toca igual que una espadaña.

 

Por el Puente Zuazo sube el día

y Tú apareces por Capitanía

velando apenas ese oculto llanto.

 

Marcha y saeta: tradición que es arte

con el que el pueblo sabe venerarte 

en cada amanecer del Viernes Santo

 

La Recogía, Cuaresma de 1997

 

A NUESTRA SEÑORA  MARÍA SANTÍSIMA DE LOS DOLORES

 

             Cuando han pasado otras semanas y el calor enfebrecido por los tiránicos levantes echa su carpa blanquecina sobre las almenas y las azoteas de la Isla, entonces, en esos días largos con sabor a salitre de playa y rumor y ajetreos de Feria, y también los sosiegos vacacionales del lento y amodorrador agosto, cuando muy pocos se acuerdan de los días de la Pasión, algunos, al pasar por una calle o una esquina se sienten como asaltados por los recuerdos que les transportan a momentos para ellos deliciosos, que ya forman parte del íntimo patrimonio de la memoria...

 

                   Pasada la Semana Santa, lejos,

                   en el recuerdo ya tu madrugada,

                   aún tengo en la retina los reflejos

                   de tus varales finos y parejos

                   y de tu bambalina recamada.

 

                  Los tonos blancos de tus frescas flores

                  me guiñan en la cal de los veranos;

                  hay en tus calles ecos de tambores

                  y un vivo  ”¡Ar cielo...!” de tus cargadores

                  que rezan con sudores sobrehumanos

                  y gritan ”¡Lola!” a la mejor Dolores.

  

   Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno

Septiembre de 1998

 

EL POETA SE HACE ECO DE LOS COMENTARIOS POPULARES

ACERCA DE  LA VIRGEN DE  LA SALUD, CONSIDERADA COMO UNA MUJER  DEL BARRIO DE LA PASTORA, DEBIDO AL REALISMO QUE EXPRESA SU FISONOMÍA

 

                                Hay en la Isla Vírgenes tan bellas

                                y en actitud tan honda y dolorosa,

                                que nadie que las haya visto, osa

                                 proclamar la mejor de todas ellas.

 

                                  Pero hay una, tan solamente una,

                                  que parece mujer, mujer que llora

                                  (y por eso es tal vez como ninguna,

                                   y es vecina también de la Pastora).

 

                                  Esa mujer, seguramente, viene

                                  a menudo a la iglesia, y se detiene

                                  ante Ella y reza con fervor entero.

 

                                  ¿Quién es la pastoreña afortunada

                                  que tal inspiración emocionada

                                  dio a las manos de Alfonso Berraquero?

 

 

                             Boletín Luz, Camino y Salud, Cuaresma de1999,

                                con motivo del 25º aniversario.

 

 

        UN HOMBRE, UN DIOS

 

En rincón melancólico e indulgente

de tu divinidad ya germinada

hay un hombre que sufre con la gente.

(La gente, entre abatida y despiadada.)

 

Eres hombre esencial que vas y vienes

por marañas polémicas de hebreos.

Con algunos topar no te conviene:

fariseos, rabinos, saduceos.

 

Lo que dices en voz suave o fuerte

a la desconcertante muchedumbre

no es comprensible: a ella le divierte

el milagro que asombre y que deslumbre.

 

Como no eres astuto ni estratega,

puedes caer en una trampa oscura.

Ni el enemigo tu grandeza niega,

aunque no te perdone esa estatura.

 

Pero has hablado de otro reino... —¿dónde?—.

Les contradices: condenado ya eres,

sin que ellos sepan que tras Ti se esconde

un Dios que nace cuando en hombre mueres.

 

San Fernando Información, Cuaresma de 2000

 

ROMANCE DE UNA EVOCACIÓN

                  Para Ángel Medina González, 1985

 

 

El resplandor de aquel Jueves

era distinto y bruñía

cierros, almenas y calles

horizontes y marismas,

perfumaba con incienso

de Pasos y de capillas

y aromas de Monumentos

—claveles, rosas y lilas—

la Jerusalén de sal

y de fervor de la Isla.

 

En el rumor del gentío,

una oración clandestina,

que es de todos y es de nadie,

no en labios brota; en pupilas,

en ojos y en corazones

con voz desapercibida.

 

Jueves santo: Expiración,

su Esperanza se resigna;

el Perdón como un sollozo

lejos, en la Casería...

 

Las dos campanadas. Bulle

la Plaza Iglesia y se hinca

el corazón centenario

del pueblo, aquí, de rodillas

los ojos veneradores

y la oración entredicha.

 

La multitud se dispersa

o, en gran parte, se avecina

hacia las Monjas, El Carmen;

se abarrotan las orillas

de las calles y la gente

acude y se multiplica.

La Esquina del Gordo era

un hormiguero que hervía

de trompetas y tambores:

batalla competitiva

entre Bermejo y su banda,

que con empeño se afirma,

y la de los Regulares

en una afanosa liza.

 

Las saetas del Compare.

Más gente que se arracima,

río de las Callejuelas.,

pleamar es esta Esquina

donde desemboca en olas

la fe en Jezú, que es la mía.

 

El 45. Fulge

el primor albor que frisa

las viejas piedras del Puente

y trepa por las cornisas.

Cristo de la Sangre, sangran

por las sombras sus heridas.

Amargura, gota a gota

una tristeza más íntima.

 

Calle Ancha. Va Jesús

cansado en su peregrina

andadura y le remueve

su cabellera la brisa,

el mismo aire que trae

la voz interrogativa

—buscando toda la noche—,

con sus dolores, María.

Oleaje de amapolas

el palio, el Paso, que miman

con primor los cargadores

cuando la aurora ya es pira

que enciende crestas de árboles

detrás de Capitanía,

y Estrella Sublime alienta

el pesar y la fatiga

de la Madre que lo ha visto

ya calle Real arriba...

 

Después, el encuentro: abrazos,

corazones que se inclinan

uno a otro en el  momento

total de la recogida.

 

Adiós, Jesús Nazareno.

Hoy en mi recuerdo pinta

una evocación el joven

que hace veinte años iba

acompañándote. Todo

ha cambiado. Hay tanta prisa,

tanto miedo, que este mundo

hoy más que nunca peligra.

Pero el recuerdo de entonces

me llega y me tranquiliza:

Tú eres el mismo de siempre

y no has faltado a la cita

 

  Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno,

septiembre de 2000

 

 

 

MATER AMABILIS, MATER DOLOROSA

 

Asumiste tus dolores

desde que Jesús nació.

Simeón te lo anunció

ya en sus primeros albores.

Maestra de sinsabores ,

que vas de tu Hijo en pos,

 y os acompaña a los dos

 -tristes- Magdalena y Juan,

 contigo, a tu lado van.

 Duro camino hacia Dios.

 

Monte Senario, Cuaresma de 2001

 

 

 

 

                                                CLAVES DEL EVANGELIO DE SAN JUAN

 

         Siento debilidad por el evangelio de san Juan. Es el evangelio del Mensaje de un Jesús que irrumpe en la vida pública sin unos antecedentes biográficos concretos, como ocurre en los otros evangelios.

El mundo que nos presenta san Juan está desprovisto de inocencia, porque es un mundo que está en manos de unas potencias malignas. A través de su lectura podemos ver que el corazón del mundo está como en tinieblas. La condición humana está como minada por fuerzas oscuras que le amenazan desde motivaciones insospechadas.

Algunos estudiosos argumentan que el pesimismo de este evangelio se debe a que fue redactado inmediatamente después de la destrucción de Jerusalén en el año 70. Con ello se venían abajo las esperanzas mesiánicas. Podríamos comprobar entonces que Jesús profetizó esa situación. No en vano los gnósticos consideraron como suyos este profundo y revelador evangelio, en el que el apóstol visionario denuncia la estrategia a que está sometido nuestros cosmos en manos de unos poderes malignos y desconocidos. “Pero confiad, yo he vencido al mundo” (J. l6-28). Ahora bien, esta victoria de Jesús sobre el mundo no está en la fundamentación de un reino temporal, sino en el crecimiento de un conjunto de valores que van más allá de los intereses de aquí. Los primeros cristianos -en gran parte, procedentes de las clases proletarias, sometidas a carestías y sufrimientos- concibieron el reino de Dios, no como un juego de intereses, como han hecho muchos cristianos siglos después y siguen haciéndolo con más énfasis en la actualidad, sino como una expectativa interior de decantación de verdades básicas de la fe. Dios para ellos, como lo fue para el Románico, era un escalofriante Misterio que exigía una conversión al más allá, y este mundo era una caída en una carne y en unas relaciones bastante espinosas entre individuos,  salvadas por la pureza y el amor.

 

Cuando todavía vemos que muchos creyentes utilizan la fe como una libreta rentable, los que hemos visto de cerca la vida de muchos cristianos de otras épocas, nos sentimos defraudados porque aún se aspira a una fe que resuelva los problemas de nuestra felicidad en la tierra, en una tierra en la que suceden catástrofes, guerras, enfermedades y carencias.

 

El gran peligro de la fe es la particularización del yo. O sea, la de pensar que Dios se va a ocupar de mí a cada instante y me va a asegurar la dicha mía y la de los míos. Es una fe egocéntrica, infantil -o senil, según se mire-, pero generalizada. Cuando Dios “falla” sobreviene el escepticismo o el ateísmo. Por eso hay tanto anticlericalismo por ahí. Son gentes ”desengañadas” de una fe concebida al calor de una Providencia que les iba a solventar todos sus problemas.

 

 Se ha perjudicado la noción mínima de lo que es la auténtica fe: confianza en la Palabra del Salvador Jesús y que consiste en que este mundo es previo a una vida verdaderamente espiritual en otra dimensión para la que hay que estar preparado. A eso vino Jesús y no a fundar una sucursal milagrera en la tierra. Por eso su Mensaje convenció a grandes intelectuales de siglos posteriores. Si Él hubiese predicado la fe mesianista de un protector hasta extremos políticos (estúdiese la desgraciada y espeluznante historia del pueblo judío), hoy sería un rabino más.

En unos versículos de san Juan a Jesús lo quieren hacer rey, pero Él huye a las montañas. En otro texto nos dice que su reino no es de este mundo. Quien tenga oídos...

 

   Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno,

septiembre de 2001

 

 

 

PASIÓN QUE ES TAMBIÉN LA TUYA

 

Quítale las tulipas y el monte de claveles.

Olvida el llamador y los respiraderos.

Acalla en ti la marcha que el dolor le mitiga

(para Él también cerrados los oídos del Cielo)

y míralo desnudo entonces como un hombre

cualquiera que derrama su agonía en silencio.

De sed, de soledad una lección va dando.

El abandono muerde desolado su cuerpo.

Nos enseña que el mundo, que la vida, que todo

lo que cae en las manos destructivas del Tiempo

está lejos de Dios, al que sólo se llega

después de que bebamos este amargo Misterio...

 

 

             Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno,

Cuaresma de 2002

 

             LA VIDA ES MADRUGÁ

 

Solo está el hombre en esta Madrugada

que es la vida, lo mismo que en un pozo

bajo una noche en sombras clausurada

gritara como desde un calabozo.

 

Solo está el hombre con su cruz diaria

subiendo a rudas penas su calvario.

No hay oído que acoja su plegaria.

Como Jesús, él muere solitario.

 

La vida, como un símbolo, la emplea

y por eso la cruz no es un azar.

Para que, pese a todo, el hombre crea,

Jesús este consuelo vino a dar.

 

   Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno,

Cuaresma de 2002

 

SONETO POPULAR AL NAZARENO DE LA ISLA

 

                                                           A Juan Ruiz Ramos

Sale a las dos en nubes de clamores

que llenan de emoción la Madrugada.

Copia un foco su imagen venerada

en fachada de los alrededores.

 

Los más viejos recuerdan, glosadores,

El Gordo (“Aquella esquina abarrotada...

Le salía al encuentro acongojada

su Madre, entre varales y dolores...”)

 

Luego el 44, calle Ancha,

Real y Plaza Iglesia, donde ensancha

la Isla el corazón para más bueno.

 

Es regidor perpetuo de su gente,

que ha dos siglos tras Él reza ferviente

y lo llama con fe su Nazareno.

 

San Fernando Información, 17 de enero de 2003

 

 

 

 

OTROS ARTÍCULOS APARECIDOS EN SAN FERNANDO INFORMACIÓN EN LA CUARESMA DE 2004

 

                                      REGIDOR PERPETUO DESDE ENTONCES

 

    A medida que pasa el tiempo, la perspectiva del recuerdo se ahonda generosa y colorista y su haz multicolor de cintas se despliega con la alegría de los años que ya no volverán, y que por eso adquieren ese tinte de nostalgia entre la melancolía y el regocijo, porque, como dijo el poeta, se canta lo que se pierde, pero no en la memoria, que cada noche de Jueves Santo me llega desde la Esquina del Gordo con sus gentes de aquellos años en que la Isla era más provinciana y los barrios vivían con más profundidad sus matices particulares, como el del Nazareno a su llegada al Carmen, tal un rito que sólo podría impedir la lluvia. En los dos o tres días anteriores al Jueves, algunos empleados del ayuntamiento venían a salvar con zahorra los desniveles de los chinos de las calles Mendizábal, santa Bárbara, santa Gertrudis y Carmen... Los vecinos se asomaban con un interés catapultado por el gozo. Eso era un anuncio de que Jesús, como siempre se le llamó a Nuestro Padre Jesús Nazareno, bajaría las calles adecentadas, mientras su Bendita Madre de los Dolores lo aguardaría en la Esquina, pegado el Paso al borde de la acera dejando espacio con el fin de que luego el Paso de Jesús pudiera pasar junto al de la Virgen en un esperado ceremonial del Encuentro entre la Madre y el Hijo, como nos cuenta el evangelio apócrifo de las Actas de Pilatos. 

 

     Ya estaba todo preparado para la inminencia del emocionante suceso. La churrería de Amalía, la de Antonio el Cojo, hermano de Luis el de la otra churrería junto a La Florida; el bar del Gordo con el chifleo imparable de la máquina del café, gigantesca como las radios de la época; Gabino el Chato enfrente y el pequeño bar de Paco más abajo, que luego fue de Lucio. Sobre la una, cuando se recogía El Silencio, la gente comenzaba a llegar como tomando posición al borde las aceras. Era ésa la única noche en que se veían juntas en los alrededores de la Esquina a gentes de las salinas, de las huertas, mariscadores y pescadores de los patios de Las Callejuelas...

 

   Por encima del patio de San Antonio, la luna con una redondez de mujer encinta a punto de parir, asiste ella también a la memorable y popularísima cita. Ya suenan las trompetas por San Francisco, Las Monjas... ¿Serán como otros años los guardias municipales con Bermejo al frente abriendo camino? ¿Irán detrás del paso de Jesús los Regulares de Camposoto y, acompañando al paso de la Virgen de los Dolores, la banda de Prado del Rey con las marchas Amargura, Nuestro Padre Jesús, Cristo de la Sangre, Soleá, dame la mano, Virgen del Valle...? ¿Cantarán como el año pasado sus saetas el Palma y el Compare?

 

   Jesús estaba en el corazón de aquellos isleños del barrio y de los que venían de otros barrios de la Isla que en aquellos tiempos aparcelaban su corazón devocional entre el Nazareno y la Virgen del Carmen. Jesús regía ya el alma isleña como signo de la más antigua advocación a imágenes representativas de la Pasión —junto a la del Crucificado y Soledad—, como El Greñúo en Cádiz y Gran Poder en Sevilla. Conservo una póstula del Nazareno del año1953. Hasta tal punto llegaba la fidelidad del fervor en El Carmen que muchos vecinos, antes de dar su limosna a los postulantes, les preguntaban si estaban seguros de que Jesús vendría hasta El Carmen.

 

   ¿Quién puede negar que Jesús Nazareno representa la religiosidad popular de la Isla y que esta imagen, incluso sacándola de su contexto pasional, está en el alma isleña desde hace dos siglos como norte de su fe, como convocatoria de miles de creyentes que inician su catequesis en los sentidos y el sentimiento para perfeccionarla personalmente en su responsabilidad cristiana, aparte del folclorismo inevitable que acompaña a todas las tradiciones arraigadas en la psicología de las multitudes?

 

    Aparte de los aspectos artísticos de la exaltación semanasantil, Nuestro Padre Jesús Nazareno es de hecho Regidor Perpetuo de la Isla con esa legitimidad que entraña un sentir matizado por las peculiaridades de cada uno, pero válidas para caminar hacia Dios y llenar los templos de fieles que van a rezarle al Regidor de sus almas con la mejor y más espontánea voluntad del mundo.

 

     Boletín de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno

y María Santísima de los Dolores, cuaresma de 2004

 

 

                                  METIENDO BAZA

               

                         Cuaresma del cofrade isleño

 

                                         

          En el cantar del pueblo andaluz de todas las primaveras, según el breve poema de Antonio Machado, el espíritu de la Isla anda buscando una escalera para subir a la cruz. Todas las cuaresmas, los cofrades isleños, cada uno desde la humedad del almacén —donde reposan sus túnicas el sueño en que entran después de la Pascua de Resurrección—, hasta el olor del incienso de los cultos, sacan a la luz de esas tardes ya más largas sus inquietudes cofradieras y las plasman en una serie de actividades encaminadas a la proclamación del Mensaje del Hombre-Dios; un Mensaje que nos recuerda que la vida humana es Pasión, pero que los sufrimientos depurativos de nuestro espíritu tienen, como de siempre ha enseñado la Iglesia, un sentido –hacernos más humanos y conscientes de que la vida es valle de lágrimas, según reza la Salve—, pero que esa Pasión desde su Calvario, mira hacia arriba, a la esperanza de una dimensión a la que se llega una vez que hemos, como Jesús, nuestro Maestro y Salvador, agotado el cáliz de las vicisitudes de la tierra.

 

 En un mundo frívolo y consumista como el nuestro, la cuaresma tiene un innegable valor de testimonio de la verdad de la vida y hoy, más que nunca, la sociedad necesita del mensaje evangélico, so pena de abocar a la juventud a un necio paganismo, a un desorden de vida moral y a un vacío de espíritu contra los que tuvo que luchar la Iglesia en sus comienzos para remontar la decadencia de aquellos tiempos de la Roma ya a punto de sucumbir.

 

 Quien haya llegado a altas cotas de experiencias, se dará cuenta de que vivir es atesorar valores humanos y que éstos constituyen la mayor y más segura riqueza que poseemos y que nos acompañarán en nuestro viaje al otro mundo. Que hoy las masas están de espaldas a esa inequívoca certeza y prefieren una manera superficial, alocada y hedonista de tomarse la vida, es problema de cada uno. Cuando la realidad nos clava sus colmillos en el alma, entonces nos percatamos de las mentiras a que nos inducen la publicidad en alianza con nuestros sentidos, siempre necesitados del engaño evasivo.

 

La reiteración del Mensaje es, por tanto, un recordatorio de que existe una interpretación de la existencia humana; una interpretación que en cuaresma se decanta por unas formas expresivas que, lejos de repetirse, recuerdan, avivan y renuevan los sentimientos cristianos, aunque se manifiesten con ese ropaje artístico que una civilización tan antigua y rica como es la andaluza, le presta para su escenificación. La emoción cofradiera es leña preciosa que se echa en el fuego de la fe, para que la tenga viva todo el año. Es un drama en la calle que "edifica", como se decía antes, sobre todo en la Isla, que tan en serio se toma su semana santa. Un drama que empieza en el quinario, sigue en la via crucis, ¨camino de la cruz¨ (vía era de género femenino en latin), la Madrugá,  y no acaba nunca, ya que, después de la Pascua florida, en expresión catequística, el cofrade lleva en su alma una experiencia más que confirma y subraya la anterior. Es una suerte que, además de ser creyente, se sea artista de la propia fe, enmarcándola en ese cuadro noble del arte semanasantil. A quienes no lo entiendan les recuerdo aquel verso de Lope de Vega refiriéndose al amor: "...quien lo probó, lo sabe ".

 

 

                                   METIENDO BAZA

 

                              Bécquer y la semana santa

 

Que la nostalgia de muchos sevillanos fuera de su Sevilla natal está relacionada consciente o inconscientemente con la semana santa, es tan obvio como indiscutible. El registro sentimental de la infancia se convierte en la madurez en secretaria e insobornable memoria. Cuántos sevillanos, muy lejos de su Plaza del Duque y la calle Sierpes, oyen en esos días morados retazos de marchas en el fondo de la evocación y creen que huelen a incienso de catedral en las alas fugaces del aire que los circundan...

 

Entre los que guardaron en un rinconcillo de su corazón esos sones nostálgicos, están, entre otros menos conocidos para el gran público, Manuel Machado, Rafael Montesinos (De la niebla y sus nombres), Manuel Díez-Crespo (colaboraciones en "Diván meridional") y  el mismo Cernuda  ( poema "Luna llena en semana santa").

Sin embargo, hay otra corriente paralela que la evoca también, pero con cierta disidencia por algunos detalles externos más que sustanciales. Entre ellos podemos citar a José María Blanco (Blanco White), a  Antonio Machado y a Bécquer. El poeta de las Rimas, de exquisita sensibilidad tradicional (trabajaba en un ambicioso proyecto, tal como una suntuosa historia de los templos de España), se fue joven de Sevilla a Madrid y llevaba en su recuerdo la semana santa que se reinicia en Sevilla hacia 1850, después de postraciones y reveses políticos, que en la España del siglo XIX fueron tan continuos debido a un forcejeo entre conservadores, liberales y progresistas.

 

Con el apoyo de los Duques de Montpensier muchas corporaciones cofradieras hispalenses se levantan de su letargo y adquieren vistosidad, además de una cada vez mayor expectación, que impresionaron la retina observadora del joven poeta. Cuando Bécquer, un año antes de su fallecimiento, desalojado por la Revolución de 1868 —"La Gloriosa"— del gobierno que le mantuvo como censor de novelas en el Ministerio, permanece semidesterrado en Toledo con su hermano Valeriano, destacado pintor, escribe el artículo titulado "La Semana Santa en Toledo". En este trabajo opone la semana santa de la ciudad del Tajo como ejemplo de religiosidad frente al bullicio y al colorido de la semana santa de las riberas del Guadalquivir. La descripción que hace de un desfile procesional por la céntrica Plaza Nueva es de una curiosidad excitante para un aficionado al tema, ya que puede tomar nota de ciertos peculiaridades semanasantiles  desaparecidas después. Debido a su extensión no es posible reflejarlo aquí, pero sus detalles, enumerados con primor (y un poco de disgusto) por parte del autor, nos dan una idea del carácter introvertido y grave de Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, que era su verdadero nombre, nacido, por cierto, en el barrio de san Lorenzo, calle Conde de Barajas precisamente. Habría visto de niño y adolescente  el impresionante desfilar por su calle de dos cofradías del centro y de las llamadas "serias": El Gran Poder de madrugada y la Soledad de San Lorenzo el sábado santo.  Como más adelante manifestará Antonio Machado de manera semejante, el sentido religioso de Bécquer era más íntimo y austero.

 Era, sin duda, lo que tenía que sentir y valorar un alma desgarrada por las circunstancias, que ve en la religiosidad un acercamiento a Dios, pero a  través de la conformidad con las duras pruebas de la vida.

 

 

                             METIENDO BAZA

 

                   Los Machado y la semana santa

 

Los hermanos Machado cultivaron juntos el teatro, algunos de cuyos títulos son hartos conocidos por el gran público, como La Lola se va a los Puertos o La Duquesa de Benamejí, entre otros. Antonio y Manuel se querían entrañablemente; juntos estudiaron, juntos estuvieron en París y juntos compartieron alegrías y sinsabores familiares.

Sin embargo, los dos tenían unas diferencias ideológicas mantenidas insobornablemente. Sabido es que durante la guerra civil Manuel se inclinó al bando de las derechas y Antonio al de las izquierdas. El uno escribió sonetos en los que exaltaba la tradición y desconfiaba de las revoluciones; el otro se siente atraído por el socialismo mitigado como una solución a los problemas de aquella España de "charanga y pandereta", según su verso. Después de la guerra, Antonio y su madre mueren en el exilio del sur de Francia. Su hermano Manuel morirá en la España de Franco ocho años más tarde.

Manuel y Antonio siempre fueron cristianos. Y cristianos fervorosos cada uno a su manera. Manuel, tradicional, sensorial y popular. Antonio, meditabundo, intimista y pragmático a lo protestante; no en vano,  un poema dedicado a Ortega y Gasset, acaba así: "Y que Felipe austero (se refiere a Felipe II, defensor del catolicismo a ultranza),/ al borde de la regia sepultura,/asome a ver la nueva arquitectura/ y bendiga a la prole de Lutero".

Hay un breve, pero profundo poema de Antonio en que expresa su fe en Jesús en unos versos que comienza con "Yo creo en Jesús que dijo..." Ahora bien, esa interioridad de una fe reflexiva con apoyaturas filosóficas a lo Henri Bergon, le llevaba a un claro rechazo de lo semanasantero. Lo podemos ver en el poema en el que retrata a don Guido, un cofrade sevillano: "Gran pagano,/ se hizo hermano/ de una santa cofradía;/ el Jueves Santo salía/ llevando un cirio en la mano/—¡aquel trueno!—,/ vestido de nazareno..." De hecho, Antonio critica la semana santa de su época. También lo hizo Eugenio Noel poniendo el dedo en la llaga de la superficialidad, la bullanga, la borrachera y la emulación de los exornos. En esos años, y en otros aspectos, también la criticó Cansinos Asséns, y posteriormente Alfonso Grosso en su novela El capirote. Pero, para ironía del destino, el poema de Antonio titulado "La saeta", en el que opone al Jesús del madero, el Jesús que anduvo sobre el mar —o sea, el Jesús profundo que iba más allá del culto externo y periódico—, se convirtió en tema musical con J.M. Serrat y luego en marcha cofradiera, y hoy está presente en los desfiles procesionales, casi codeándose con la marcha "Amargura", santo y seña de la semana santa andaluza.

 

Manuel sigue unas pautas muy de devoción en la calle. Su amor al Gran Poder y a la Macarena está recalcado en sus versos con aire luminoso y ecos de alma sevillana. "¡Ay, mi Sevilla, que lo tiene todo,/ cuando Jesús del Gran Poder le ofrece/ la Fe y la Caridad...Tú, la Esperanza!"

 

       Creo que las referencias sobre el hecho cofradiero andaluz de Antonio y Manuel son complementarias. Si Antonio corrige los excesos humanos de los cofrades y opta por una religiosidad de puertas adentro del alma, Manuel exalta los derechos de los sentidos a alabar una fe pública que está en las raíces del alma colectiva. Lo ideal sería que todos los cofrades tuvieran un compromiso eclesial con la misma fuerza que su devoción artística y un interés por la cultura cristiana como por los detalles de los enseres cofradieros.

 

 

                               METIENDO BAZA

 

                     El tempo de las procesiones isleñas

 

     En la terminología musical el término italiano tempo significa la velocidad con que debe ejecutarse una pieza. El tempo puede ser de movimiento rápido y entonces se llama allegro, o bien puede ser moderado y se denomina andante, o bien es ejecutado lentamente y tenemos así el largo. Es una noción muy superficial, pero útil para nuestro propósito.

    El tempo largo, que consideráramos como lento para entendernos mejor, nos recrea en una sucesión de notas relativamente iguales, sin altibajos, como si fuese un sueño delicioso o una conversación agradable.

 

    Pero para llegar a este estado de ánimo imperturbable se necesita un perfecto dominio de sí mismo, que le llega al hombre por una rigurosa educación de sus nervios. Sabemos que la vida moderna erosiona el biorritmo de los individuos hasta cl extremo del desequilibrio. La rígida programación de las actividades diarias y la prisa no son buenas consejeras.

 

    Cuando se dice vulgarmente: "Eres más lento que una procesión", se hace alusión a ese ritmo sereno y recreativo del que pasea como olvidado de los estresamientos cotidianos. En este caso, no domina el tiempo al hombre, sino es él quien somete el fluir interior que lleva en muchas ocasiones al individuo a hacerlo hiperactivo como si temiese oír por dentro de sí el gotear de los instantes.

   A quienes vienen de fuera de Andalucía y en grandes ciudades les llama la atención esta lentitud de tiempo cofradiero que predispone a la quietud. Este tempo pone a prueba el autodominio de una persona adulta y madura dentro de un cortejo público que impone orden y recogimiento. Es una lección de paciencia.

 

Afortunadamente, las cofradías isleñas todavía mantienen ese estilo de procesionar que no hay por qué asociarlo al desfile con la connotación que este término tiene entre nosotros. Pero no voy a entrar en un estudio sociológico del tema, sino en su aspecto psicológico. Y repito que el tempo lento de las procesiones isleñas invita a modelar con la parsimonia una armonía interior que es muy necesaria al hombre actual, tan zarandeado por el tópico de la prisa. El colmo de esa euritmia —o sea, buen ritmo—, de musical y agradecido relajo, la tenemos en el pasito corto y a las bandas de los Pasos que portan nuestros cargadores con ese estilo que los caracteriza "desde los Puertos acá", como decía el verso de José María Pemán, distinto del rachear de Sevilla y Jerez. Si, además, ese estilo de procesionar está marcado por los compases de una marcha fúnebre o lenta —de las que en la Isla se han compuesto unas cuantas, recogidas en los tres compactos que editó felizmente nuestra Fundación Municipal de Cultura en el año 1995—, entonces se comprenderá mejor la idea que quiero exponer.

 

    Quién sabe si, en un principio, entre otros objetivos, las procesiones fueron organizadas y llevadas a la vida pública para contagiar a ésta de una meditación trascendente que hiciera a los cristianos más sensibles a la concentración y, por ello, a la penitencia, independientemente entre nosotros de la influencia marcial de nuestra tierra.

    Repito, pues, que en unos tiempos como los nuestros, agitados que están por el consumismo, por la llamada telebasura y el ajetreo propio de la sociedad moderna, el tempo lento del estilo de procesión de la Isla invita a las personas de bien al recogimiento y a un respiro como de expansión interior, como si por un rato nos trasladásemos a otra época y a una mentalidad en la que era posible un transcurrir sosegado de la existencia. Es nada más que una opinión.

 

 

                                  METIENDO BAZA

 

              Variantes de le Pasión según los apócrifos (I)

 

Estamos acostumbrados a la narración de los evangelios canóni­cos y no se nos ocurre que pudie­sen existir ligeras variantes en el proceso de la Pasión y Muerte de Jesús.

En Los evangelios apócrifos de Aurelio de Santos Otero, de la Biblioteca de Autores Cristianos, tenemos, entre otros, el ciclo de la Pasión y Resurrección, compuesto, a su vez, de varios libros, de los que destacan, para el fin que nos pro­ponemos, los siguientes: Evangelio de Pedro, Ciclo de Pilato, Venganza del Salvador, Sentencia de Pilato y Declaración de José de Arimatea.

Materialmente sería muy difícil entrar en todos los detalles, dada la               limitación del artículo; así que menciona­remos aquellos rasgos que entrañen variantes o matices diferenciales de relativa importancia.

Empecemos con el Evangelio de Pedro, redactado en las primeras décadas del siglo II. En el versículo 7 se dice "después le revistieron de púrpura y le hicieron sentar sobre el tribunal, diciendo: Juzga con equidad, rey de Israel". Hay una evidente burla en este pasaje que, contrastado con Mateo 27,28 se reduce éste a sólo la clámide púr­pura, la coronación de espinas y a rendirle honores de rey, sarcástica­mente, pero sin el derecho a juicio sobre los demás. En Marcos ocurre exactamente lo mismo. En Lucas se le venda los ojos, se le hie­re y se le pregunta burlescamente que quién le ha herido. En Juan también se le viste con un manto de púrpura, le dan bofetadas y le saludan como rey de los judíos. EÍ Evangelio de Pedro hace una peli­grosa matización en el versículo siguiente y se dice que Jesús callaba "como si no sintiera dolor alguno", detalle éste que no consta en lo demás, evangelios. Los cristaianos agnósticos aprovecharon esta insólita impasibilidad del Señor para corroborar su docetismo; esto significa que el cuerpo físico de Jesús era aparente ( recuérdese que, según el dogma, hay dos naturalezas en el Señor y una sola voluntad). Esos mismos cristianos pensaban que Jesús no había tomado cuerpo real y que la divinidad del Salvador se revestía de un aspecto aparencial, casi fan­tasma, o casi astral, como dirían hoy los teófosos y esoteristas. Ellos se apoyaban en que Jesús escapaba fácilmente de entre las multitudes cuando querían apresarlo y que caminaba sobre las aguas.

Pasemos a otro rasgo diferencia­dor. Se dice en este mismo Evange­lio de Pedro, versículo 7, que la cruz "fue enderezada". Las moder­nas interpretaciones nos hablan del "stipes" - madero que llevaba sobre su cuello el reo- y el "patibulum", fijo en el lugar de la crucifixión. Si la cruz -"staurós" en el original griego- fue enderezada, que es poner hacia arriba, es de suponer que se refiere a la cruz completa. En el Ciclo de Pilato le dice éste a Jesús: "Tu pueblo te ha desmenti­do como rey. Por eso he decreta­do que en primer lugar seas flage­lado, de acuerdo con la antigua costumbre de los reyes piadosos, y que después seas colgado de la cruz en el huerto donde fuiste apresado..."

Como ve, no se trata del Gól­gota, donde había emplazamien­tos o tinglados para crucifixiones. En el huerto de Getsemaní sola­mente había olivos. Luego, ello hace suponer que Jesús llevó efec­tivamente la cruz completa, y esta denominación no es sólo una metonimia de la parte por el todo, y que, además, llevó la cruz hasta allí -como los dos ladrones, a quienes se mencionan también- y en un sitio adecuado, montículo tal vez, fuese endereza­da la cruz con Él ya clavado. Continuaremos en el próximo artículo.

 

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                  Variantes de la Pasión según los apócrifos (II)

 

Sigamos con el Evangelio de Pedro. Jesús, a la hora de morir grita: "Fuerza mía, fuerza (mía), tú me has abandonado". En el versículo se dice que sacaron los clavos de las manos de Jesús y le tendieron en el suelo. Pero es, además, aquí, en el huerto, donde es flagelado y coro­nado de espinas, y no en el preto­rio. Realmente no se habla de cruz y sí de ser colgado, pero esto no da a entender que fuese ahor­cado, ni creo que en las ramas de los olivos haya posibilidad mate­rial para una crucifixión. Hemos de suponer, según esta versión, que Jesús llevaría su cruz entera y no solamente el travesaño, —como aparece en recientes películas—, pues el patíbulo estaba fijo en lugares de ejecución, siempre al lado de un cementerio. Cuando muere el Salvador, el entorno se conmueve y sobreviene un gran pánico. En el versículo 36 los cielos se abren y dos varo­nes bajaron de allí con gran res­plandor (esto ha dado lugar a que los ovnílogos especulen acerca de una intervención de potencias extraterrestres en la Pasión y Resurrección). Situación semejante sólo la encontramos en Mateo: sobre­viene un gran terremoto y un ángel del Señor baja del cielo y remueve la piedra.

Volviendo al Ciclo de Pilato, hagamos las siguientes observaciones. En el capítulo segundo Claudia Procula avisa a Pilato acerca de la inocencia de Jesús. En otro documento de este origi­nal llamado 'recesión B', se ofrece más pormenores de la subida al Calvario. Dada la extensión, hay que resumir el escrito diciendo que, en lo que se refiere a la Virgen, que Ésta, avisada por Juan, divisó a Jesús en la calle de la Amargura, cayó desmayada y estuvo bastante tiempo en el suelo. Cuando se reanimó, comenzó a prorrumpir una serie de estremecedoras exclamaciones y a golpear su pecho. Los judíos, al ver este espectáculo, quisieron alejarla; pero María permaneció firme jun­to a su Hijo: A Jesús se le había preparado una cruz y se la habían echado sobre los hombros. Con ella llegó hasta las puertas de la ciudad; pero las llagas y la pesa­dez del madero le hacían desfallecer. Entonces obligaron a Simón de Cirene a que se hiciera cargo del madero.

En otro documento titulado la Venganza del Salvador, capítulo veinticuatro, una tal Verónica tie­ne en su casa un lienzo con la faz del Señor impresa en él.

En la Sentencia del Pilato, copia de 1580 de un original des­conocido, Pilato da orden al cen­turión Quinto Cornelio de que Jesús sea maniatado y azotado por toda la ciudad. Sale por la puerta Antonia con dos ladrones, va vestido de púrpura, coronado de algunas espinas y con la cruz sobre los hombros. Será crucifica­do en el monte Calvario y su cuerpo será expuesto como espec­táculo de todos los malvados. Esta sentencia la da el goberna­dor romano un 25 de marzo.

En la Declaración de José de Arimatea, que data del siglo XII (no se indica de qué original ante­rior), se acusa a Jesús de haber hurtado la Ley y los Profetas. Sin embargo, en el Apócrifo de Juan, de carácter gnóstico, Jesús es acu­sado de apartar a los apóstoles de la tradición de sus padres. En los demás detalles hay múl­tiples coincidencias con los evan­gelios canónicos. Falta por decir, fuera ya de los apócrifos, que la Legión Itálica, compuesta por soldados tarraconenses, fue la que acompañó a Pilato durante su destino en Palestina. Ella sería la encargada de la Crucifixión. Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo 46.

 

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                                  Dos "misterios" apócrifos

 

Hay en la Isla dos "misterios" apócrifos: Afligidos y Misericordia. En ninguno de los evangelios canónicos se nos dice que Jesús se encontrara con su Madre en la calle de la Amargura. En todos ellos se nos refiere que sus familiares veían la ejecución "de lejos" o posiblemente cerca, mas no "iuxta crucem" —junto a la cruz—, como escribe el autor del Stabat Mater medieval.

En la catedral de Jaén, entrando por la nave de la izquierda, al fondo, en un altar profusamente iluminado, tenemos a Jesús Nazareno —"El abuelo", como le llaman allí—, con su cruz de carey. A la derecha de esta imagen está la Virgen de los Dolores en actitud visiblemente dolorosa, y a la izquierda está san Juan Evangelista con un brazo levantado, como señalándole con el dedo a María por donde va su Hijo con la cruz a cuestas. Esta secuencia está sacada de la recensión B de las Actas de Pilato. Citemos el texto aludido: "Juan al principio iba siguiendo el triste cortejo, pero luego se fue corriendo a toda prisa a dar cuenta a la Virgen de lo que pasaba, pues se encontraba ignorante de ello. Al oír la Virgen el relato, quedó transida de dolores y se fue en seguida, acompañada por Juan y por Marta, María Magdalena y Salomé, a la Calle de la Amargura. Al ver la comitiva, preguntó a Juan cuál era su hijo. Él se lo señaló, diciéndole que era el que llevaba la corona de espinas y las manos atadas. La Virgen, que divisó a Jesús, cayó desmayada hacia atrás y estuvo bastante tiempo en el suelo. Cuando se reanimó, comenzó a prorrumpir una serie de estremecedoras exclamaciones y a golpear su pecho. Los judíos, al ver el espectáculo, quisieron alejarla; pero ella permaneció firme junto a su hijo".

En esta misma recensión, coincidiendo con san Juan 19,26, Jesús confía  su Madre a los cuidados del discípulo amado. Después vienen los judíos y alejan al grupo de amigos de Jesús. Aquí nos preguntamos si fueron los judíos o los romanos, que eran realmente los organizadores de las ejecuciones. encabezados por el manípulo; o bien podría ser una guardia judía auxiliar del Templo, en colaboración con los romanos. 

También en esta recensión se cita a Simón de Cirene, que se hace cargo del madero en cuanto que Jesús llega a la puerta de la ciudad, camino del Calvario, ya desfallecido por las llagas y lo pesado de aquél. Estamos, pues, en el segundo "misterio". En él otro personaje secundario pero pintoresco es el de la Verónica. La Verónica, citada en algunos textos apócrifos como la hemorroísa —que aparece en ocasiones con el nombre de Berenice—a la que el Salvador cura tan sólo con que ella toque su manto, posee, en efecto, un lienzo con el rostro de Jesús, que éste le imprimió una vez a petición de ella, mucho antes de la Pasión. Ese lienzo será el que Volusiano, un oficial romano, lleve a Roma para curar la lepra de Tiberio, según el tono legendario de los evangelios apócrifos, muy en concreto, en las llamadas Actas de Pilato, llevadas al cine, en versión italiana subtitulada, por Luigi Magni.

      Sin embargo, para buscar a la Verónica que enjuga el rostro de Jesús camino del Calvario, tendremos que seguir los piadosos pasos de la Tradición y llegar a la Edad Media. Justo en el relato de Petit Saint-Graal (Pequeño santo Grial) de Robert de Vorron, que se encuentra en la biblioteca de Mans y data de entre 1225 y 1260, hallamos este motivo no canónico que luego tendría un eco resonante en las iconografías religiosas adjuntas a la Pasión, tanto en grabados como en relieves de las iglesias. A pesar de su no canonicidad, no significa que fueran del todo irreales, si bien en algunos casos la fantasía es bien patente; sin embargo, en otros pasajes coinciden con versículos de los evangelios que configuraron con una intención más catequética el Mensaje de Cristo.

 

 

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ARTÍCULOS APARECIDOS EN EL DIARIO SAN FERNANDO INFORMACIÓN  EN LA CUARESMA DEL 2005

 

 

                                     CURIOSAS VIDRIERAS

 

                                  El retrato de Jesús de Nazaret   ( I )

 

  Con estas palabras dirigidas por unos griegos al apóstol Felipe: "Quisiéramos ver a Jesús" (Juan 12:21). siguen los cristianos expresando el deseo de conocer cómo fue el rostro de Jesús. ¿Quién de nosotros no se ha preguntado alguna vez cómo era físicamente el hombre que más ha dado que hablar a los escritores, poetas y teólogos de nuestro Occidente?

  Los artistas cristianos de todas las épocas han intentado representar a Cristo y lo han hecho de múltiples maneras, proyectando sobre él la encarnación de sus supremos ideales religiosos y humanos.

Cada época, por medio de sus artistas, ha tenido su Cristo: los bizantinos se lo representaron como el juez del "juicio final", con gran majestad y aterrador. El Cristo de las catedrales del Medievo es el gran Rey de reyes, hierático y solemne, señor de cuerpos y almas, suprema jerarquía del orden social y del universo, en paralelismo con el gran señor feudal. El Cristo barroco es un Cristo que sufre, patético, representado más veces muerto o agonizante, que vivo o resucitado; más sangrante y vencido que vencedor, como nos lo muestra la imaginería en los Pasos de Semana Santa.. Más tarde vendrán esas representaciones edulcoradas que todos conocemos de un Jesús de largas y onduladas melenas y femeniles túnicas, lánguido e impotente, como en la película Jesús Superstar.

    Nuestro siglo será testigo de una explosión de intentos gráficos por captar a Cristo bajo otras ópticas: desde el Cristo cósmico de Teilhard de Chardin, eje y motor de la evolución, al Jesús estético, poético y ausente de Dalí, pasando por todos los Cristos torturados, casi caricaturescos, del expresionismo, neorrealismo, y de una larga serie, aún inconclusa, de muchos otros "ismos” ocurrentes u oportunistas.

   Los jóvenes de hoy, en la atmósfera reivindicativa de nuestro tiempo, se han inventado un Cristo como ellos, joven, rebelde, a la vez mítico y desmitificador. Para unos, se tratará de un Jesucristo "American look", guapo galán anglosajón con carisma cinematográfico, "hippy", "Superman" o "Superstar", o bien el "Jesus clown" jovencito, divertido, e ingenuamente amable de "Godspell".

      ¿Por qué este desacuerdo? ¿Por qué estas diferencias entre tantos estereotipos? ¿Será Cristo un diamante de infinitas facetas, tantas que nunca será abarcable por un hombre en una sola vida humana, ni por toda la humanidad de todas las generaciones?

       Los evangelistas, atentos más bien a las  circunstancias  y al mensaje del Maestro, no se han preocupado de satisfacer nuestra curiosidad sobre su físico. Los Evangelios aluden a la infancia y formación de Jesús en el seno de una familia de artesanos, hecha al duro trabajo de cada día. Solamente Lucas, el médico, insiste en que el niño "crecía [y se fortalecía] en sabiduría y en estatura, y en gracia" (Luc. 2:40 y 52), quizá para precisar que Jesús alcanzó un equilibrado desarrollo físico.

    Se ha querido encontrar un indicio en el relato del publicano Zaqueo, quien, habiendo llegado Jesús a Jericó, trataba de ver a Jesús, por saber quién era, y no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura; y corriendo adelante se subió a un sicómoro para verlo, porque iba a pasar por allí entre los suyos (Luc. 19 :3-4). De estos versículos se ha querido deducir que Jesús no era de gran estatura. Esta interpretación, ya sugerida hace tres siglos, es una especulación sin fundamento alguno, si bien la tipología étnica del semita nos arroja individuos de estatura mediana o más bien baja; aunque no se ha de olvidar que en la Decápolis había una colonia de griegos y es de suponer que la mezcla racial sería probable incluso entre galileos, los más radicales de los judíos.

 

 

                                    CURIOSAS VIDRIERAS

 

                              El retrato de Jesús de Nazaret  ( II )

 

    Otro ejemplo, pero ahora referido al carácter. En el lago, duerme en la nave, mientras los discípulos luchan ansiosos contra el temporal; esto puede ser un interesante indicio de que Jesús tenía un sistema nervioso muy sano, que le permitía un pleno relajamiento aun en situaciones adversas. Podemos contrastar esta complexión sana y equilibrada de Jesús con la de otros fundadores de religiones, en particular con la sensibilidad nerviosa de Mahoma y con el agotamiento físico de Buda, que, vencido por el dolor, predica una religión pesimista y renunciadora. La actitud de Jesús en los momentos de la Pasión es la de un hombre extraordinariamente dueño de sí mismo. En medio de las reacciones desquiciadas de sus jueces y acusadores, Jesús no tiene ni un gesto, ni un grito incontrolado. Jesús da muestras de una comprensible desesperación en los estertores de la muerte, síntoma muy humano. Sin embargo, recuérdese la serenidad con que replica al sayón que le da la bofetada cuando se haya ante Anás, así como el aplomo ante Pilatos. Sus conocidas siete últimas palabras en la cruz, ofreciendo el perdón a los enemigos entre ellas, son eco de la inigualable paz interior de su espíritu.

     Apoyándose en la profecía del Mesías sufriente de Isaías, 53:2,3, los padres de los siglos II y III se representan a Cristo como teniendo un aspecto miserable, sin ninguna belleza. Según Justino mártir, Jesús era deforme. Según Clemente de Alejandría era feo de rostro. Para Tertuliano carecía de hermosura y su cuerpo no tenía ningún atractivo ni perfección. Sánchez-Dragó en  su libro Carta de Jesús al Papa confirma esta descripción totalmente indemostrable.

      San Efrén de Siria le atribuye una estatura de tres codos. Orígenes parece ratificar la afirmación de Celso de que Jesús era pequeño, feo y desgarbado. También nos transmite la extraña afirmación, que parece compartían muchos cristianos de su tiempo, de que Jesús parecía feo a los impíos y hermoso a los justos. Hay quienes llegaron a decir que Jesús estuvo leproso, e incluso que fue cojo (esa es la tradición que se refleja en algunas cruces rusas y la mantiene Robert Graves en su obra Rey Jesús). En un sarcófago del Museo Gregoriano se representa a Jesús barbilampiño con una varita en la mano.

     En los siglos IV y V, y apoyándose esta vez en el Salmo 45:2,3, proliferan, yéndose al otro extremo, las descripciones que hacen de Jesús el más bello de los hombres: San Juan Crisóstomo, Agustín, Jerónimo, también Ambrosio, Teodoreto, Gregorio de Niza.

   Esta tendencia será la que va a predominar hasta nuestros días. Es en la Edad Media cuando vamos a encontrar las primeras descripciones detalladas de los rasgos físicos de Jesús, llegando a constituirse un verdadero retrato literario, estereotipado, fuente de las representaciones pictóricas de Jesús, que se harán en su mayoría teniendo en cuenta las líneas de este arquetipo.

    Andrés, metropolitano de Creta, hacia 710, dice que Jesús era "de cejas unidas, de ojos bellos, con el rostro alargado, un poco encorvado, de buena estatura". San Nicéforo, y una carta reputada apócrifa de Juan Damasceno, dicen que Jesús, "lleno de majestad en su porte, inclinaba un poco al caminar, su elevada estatura. Sus ojos eran hermosísimos. Sus cabellos rizados caían en grandes bucles sobre sus hombros, su rostro pálido, aceitunado, rematado por una espesa barba negra. Sus dedos largos y delgados. Su profunda mirada respiraba sabiduría, paciencia y bondad". San Epifano, monje griego, hacia el año 800 en Constantinopla, decía que Jesús tenía seis pies de alto, (aprox. 1,70 m), ojos verdes, nariz larga, tez trigueña, cejas negras, no del todo arqueadas, cabello rojizo o rubio, levemente ondulado, y presentaba una ligera inclinación el cuello, de modo que su figura no era del todo derecha, y remata su descripción diciendo que era "el vivo retrato de su madre".

 

                              CURIOSAS VIDRIERAS

 

                          El retrato de Jesús de Nazaret ( III)

 

El retrato más conocido y generalizado es el contenido en la famosa carta atribuida a un tal Publio Léntulo, presunto gobernador de Jerusalén . De su descripción tardía y devota, en la que se nos lo describe con una abundante cabellera partida en dos, cayéndole sobre los hombros, sacamos que Jesús es un "nazir", o sea, un nazareno, un hombre consagrado a Dios, como Juan el Bautista, su primo y anunciador,

     La primera generación cristiana, procedente en su mayor parte del judaísmo, no podía tener deseo de transmitir una efigie de Jesús, sobre todo por las prescripciones mosaicas, refractarias a representaciones icónicas de cualquier tipo. Por eso las más antiguas figuraciones que nos han llegado de Cristo son en Occidente las de las catacumbas de santa Priscila (II-III siglos) y en Oriente las pinturas bizantinas (IV siglo), ninguna de las cuales reproduce rasgos históricos, sino que dependen exclusivamente de motivos ideales y son creaciones de la “fantasía". Sin embargo hay antiguas leyendas acerca de ese deseado retrato;  una de las más conocidas es la del rey Agabo de Edesa. El obispo Ireneo de Lyon, dice que ya en su tiempo era desconocido y no se sabía dónde estaba. Eusebio de Cesarea, también hace una alusión a él. San Agustín dijo algo muy interesante: "La imagen de Cristo según la carne varía al infinito y puede suceder que la que nosotros nos formamos diste mucho de la realidad (...) No la conocemos". También surgió en la Edad Media la leyenda de los retratos de Jesús pintados por san Lucas y que en el siglo XIII entrocará con la efigie del velo de la Verónica, del que nos habla el evangelio apócrifo Tradición de Pilato. Se ha hablado incluso de una estatua de Jesús costeada por la hemorroísa en gratitud por su curación y enviada por ésta a un tal Paneas. También se tiene mención de otra estatua colocada en el oratorio de Alejandro Severo, emperador romano (203-235), según el obispo Ireneo, junto a los bustos de Abraham, de Orfeo y de Apolonio de Tiana, gran taumaturgo del siglo I.

Las pinturas más antiguas que se conservan, las de las catacumbas de los siglos II y III, representan a Jesús casi siempre bajo los símbolos del pez o del cordero. En algunas Jesús es representado como el Buen Pastor. Pero, de hecho, es la efigie de un adolescente según los cánones del efebo griego, imberbe, con el cabello corto y rizado, llevando a hombros un cordero. En el siglo XII tenemos el Pantocrátor del maestro de Tahull, tan conocido en la Historia del Arte.

Se sabe que algunas sectas gnósticas conservaban juntos los retratos de Cristo, Pitágoras y Aristóteles. Un extraño texto del obispo Ireneo dice que el retrato de Jesús provenía de un original debido a Pilato. Parece que se han encontrado dos de estas imágenes. La una, de tierra, representa a Cristo de perfil, como un joven imberbe, con la inscripción Xristos y el pez simbólico. La otra, sobre una especie de medallón, lleva en hebreo el nombre de Jesús y representa al Señor con cabellos partidos sobre la frente que le cubren las orejas y le llegan hasta los hombros. Mención especial merece el extraño negativo del famoso "Santo Sudario de Turín". Las características faciales de la figura de la sábana parecen ser las propias de la raza judía: nariz larga y fina, ojos grandes y hundidos, cabellos largos y abundantes, peinados con raya en medio, bigote y barba partida ligeramente en dos, labios finos. Este lienzo muestra huellas que han sido interpretadas como las de un hombre flagelado, crucificado y muerto. Este hombre es alto (1,75 m), andador (los músculos de las pantorrillas son muy fuertes), trabajador manual (los músculos de las manos, brazos y hombros, sobre todo el derecho, bien desarrollados). Últimamente, tenemos el proyecto de la revista Discover y la BBC londinense, del que dice el doctor José R. Martínez Villamil que aquél está más próximo al hombre de CroMagnon que a un semita. En resumen, nada resolutivo. Pero, ¿qué certeza podemos tener de que se consiga el retrato de Jesús?

      Me parece que ninguna. Ahora bien, para el creyente interesado en su personalidad, no creo que haya mayor referencia que sus palabras de fe y esperanza. El Mensaje de Jesús sería su retrato más interesante.  

     Parafraseando a san Pablo, podríamos decir que "ahora vemos a Cristo oscuramente, mas un día lo veremos cara a cara" ( 1 Cor. 13: 12). Nos imaginamos que se refiere a su dimensión gloriosa.

 

                              CURIOSAS VIDRIERAS

 

                         El retrato de Jesús de Nazaret (y IV)

 

       Reconozcamos que la tradición hebrea de no representar imagen alguna de Dios está presente en los mismos evangelios, incluso en las Cartas que acompañan a éstos. Ello influyó también en El Corán. Recuérdese la película biográfica de Mahoma, en la que no se le ve el rostro, por poner un ejemplo. No es de extrañar que los evangelistas no describiesen físicamente a Jesús. De hecho, lo más importante para ellos era su Mensaje, su Kerygma como dicen los teólogos de ahora. Los evangelios gnósticos, hallados en 1947 en el alto Egipto por un pastor en unas tinajas y escritos  con toda probabilidad en los siglos III y IV, son todavía más radicales y jamás describen circunstancias y pormenores de las relaciones de Jesús con sus discípulos. Sencillamente se limitan, mediante una técnica casi de catecismo en preguntas y respuestas—logia que dicen los especialistas—en muchos de ellos, de los cuales el más representativa es El evangelio de Tomás.

 

Aparte de las escasas indicaciones indirectas de los evangelios canónicos, poco más podemos saber seguro. Incluso E. G. White, visionaria norteamericana del siglo XIX, guarda silencio acerca de los rasgos del físico de Jesús. Todo lo que hemos podido encontrar acerca de ese tema en sus declaraciones se resume en las siguientes palabras:

"La encarnación de Cristo en carne humana es un misterio. El podía haber venido a la tierra con una apariencia insigne, diferente a los hijos de los hombres. Su semblante podía haber brillado con gloria y su forma podía haber sido de una gracia considerable. Podía haber mostrado una apariencia como para embelesar al espectador; pero esto no estaba de acuerdo con el plan trazado en las cortes de Dios. Había de ostentar las características de la familia humana y de la raza judía. En todos los aspectos el Hijo de Dios había de exhibir los mismos rasgos que otros seres humanos. No había de tener tal belleza personal que 1a hiciera singular entre los hombres. No había de manifestar ningún encanto maravilloso por el que atrajese la atención hacia sí mismo. Él vino como un representante de la familia humana ante el cielo y la tierra. Había de vivir la vida de la humanidad de tal forma que contradijese la aserción que Satanás había hecho de que la humanidad era su posesión perpetua, y que Dios mismo no podría librar al hombre de las manos de su adversario. Podemos imaginamos el porte de Jesús majestuoso, atrayente, amable, reflejando en sus ojos su extraordinaria superioridad espiritual, porque el rostro es el espejo del alma. Muerto en plena juventud, su figura queda permanentemente vigorosa y joven a través de las generaciones. Como cristianos debemos vivir la fe en el Cristo histórico, pero sobre todo, en el Cristo resucitado. Esta misma indeterminación evangélica en cuanto a lo exterior debería servirnos para estimular nuestra fe y nuestros deseos de contemplarle un día, glorioso, a la diestra del Padre. Mientras tanto, debemos esforzarnos por reflejar su carácter, pues su conocimiento según la carne es mucho menos importante que su conocimiento personal, por la comunión en su espíritu".

    Al hilo de estas reflexiones de la autora, podríamos concluir diciendo que Jesús no llamaba la atención por su belleza, que llevaba en su rostro los inconfundibles rasgos de la raza judía, más o menos de mediana estatura, que es la constante antropológica de la raza semita,  que llevaba barba, cabellera partida en dos al estilo de los nazarenos o consagrados a Dios, que podría irradiar la belleza de la santidad en su expresión en los instantes de recogimiento o de trato íntimo, que tendría don de gentes como para congregar en su entorno muchedumbres, que su voz sería bien timbrada y sonora, con calor en su acento, que también tendría arranques de carácter enérgicos como nos muestra a veces su discurso evangélico; en fin, eso es poco más o menos todo lo que podemos saber seguro, acerca de la apariencia corporal de Cristo y es el parecer común de artistas y estudiosos simpatizantes con su fe.

 

                                CURIOSAS VIDRIERAS

 

                                Significados de la cruz  (I)

 

    Dice Antonio Carrera en su obra Simbología oculta de la Cruz: "El símbolo de la Cruz aparece representado en infinidad de monumentos, cerámica, monedas, adornos, pendientes, collares, lápidas, etc., en distintas civilizaciones de la antigüedad. La encontramos en casi todas las culturas como Japón, China, India, Cartago, Troya, Egipto, Babilonia, Asiria, Caldea, Fenicia, Persia, Grecia, Roma..." A pesar de su universalismo el autor reconoce que "el origen de este símbolo -la Cruz- se halla sumergido en las profundidades de los misterios más insondables, de los muchos que rodean a la humanidad".

    Los estudiosos del tema encuentran dos grandes aspectos en cuanto a su significado: el esotérico, que habla a la perspicacia de los iniciados, y el que está en la mente de todos y que nos viene de la interpretación de la fe cristiana.   

    Manuel Saurina Mateu, en su Enciclopedia iniciática mínima, nos expone un cuadro con todas las cruces conocidas en las sucesivas culturas y repetidas en cada una de ellas con ligeras variantes, desde la antigua cruz fenicia hasta la cruz de los rosacruces, ya a finales de la Edad Media. En este paréntesis podríamos enmarcar incluso la cruz papal, así como la patriarcal, teniendo en cuenta la cruz ánsata de los egipcios, la antigua tau, la esvástica, la indiana de América y, por supuesto, la cruz latina, que es la que nos da paso al segundo estudio. En el primer esbozo es necesario advertir que los simbolismos están en función de quienes interpretan su descripción. Generalmente se considera la parte inferior como el estrato inferior de la naturaleza humana que se hunde en los instintos, en la tierra, mientras que la parte superior es la que se eleva hacia arriba, como el pensamiento que busca un sentido a la existencia y también soluciones para sus problemas. El travesaño representa las contradicciones que nos asaltan en la vida cotidiana, así como las dificultades y los dolores. Esta visión platónica se podría extractar de la siguiente manera: El alma desciende a la tierra material para ser cualificada y poderse convertir en espíritu. La cruz de Platón está tendida, pero, como dice Saurina, ya con el Cristo se levanta con la cabeza en alto.

    Y con esta alusión entramos en el significado más humanizado de la cruz y que por ello lo vincula con la realidad de cada día, independientemente de las especulaciones de la alta cultura. Para la contemplación de esta cruz cristiana tendríamos que añadir el I n r i de su cabezal, conocido de todos: "Jesús Nazareno Rey de los Judíos", que Pilato hizo colocar para orientación de los que entraban y salían por la puerta de la ciudad que conducía al Calvario.

    Oigamos lo que dice el carmelita Eusebio Gómez: "La cruz. Cualquier mal o sufrimiento, dolor, fracaso, desventura lo podemos llamar cruz". En efecto, todo el mundo hoy asocia la cruz con esta acepción: el padecimiento, la contrariedad que nos obliga a reflexión acerca de la actitud de Dios ante las pruebas a las que es sometida la humanidad por el hecho de estar en este mundo. Aquí está el gran misterio del cristianismo, por el que se impuso, primero a las grandes masas del Imperio y luego a los patricios romanos, así como a los intelectuales, tan familiarizados éstos últimos con las doctrinas neopitagóricas y neoplatónicas que por entonces pululaban en la cuenca del Mediterráneo. La muerte de Jesús en ella ponía a prueba a los intelectos más recalcitrantes de los dos siglos siguientes. Pero el apóstol Pablo lo había visto con claridad meridiana: Aquella cruz de la infamia significaba una nueva mentalidad, una nueva era en la que ya la miseria humana y los sufrimientos tenían sentido más allá de las doctrinas filosóficas para minorías. A los grandes Misterios de Isis, Mitra, Orfeo, Baco o Eleusis, entre otros, iba a suceder uno solo, con el que sería suficiente para entender por qué y para qué la humanidad sufría.  

 

 

                             CURIOSAS VIDRIERAS

 

                         SIGNIFICADOS DE LA CRUZ   (II)

 

  Fue el jesuita y paleontólogo francés Teilhard de Chardin el que en El Medio Divino le dio una destacada dimensión al sufrimiento para que éste dejara de ser un signo menos en la cuantía de la evolución. "El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo" (Lc14,27), dice el mismo Jesús. Sin embargo, en el Antiguo Testamento se decía que un condenado a muerte en la cruz debía ser considerado como un “maldito de Dios” (Dt 21,23). Por eso, la cruz era un “escándalo” y un gran impedimento para que el pueblo judío creyese en Jesús como el Mesías (Mc 8, 32). El apóstol Pablo no oculta que la cruz escándalo es para los judíos y necedad para los paganos. Bultmann, el gran teólogo protestante de la línea liberal, nos advierte que: “En la cruz de Cristo ha dicho Dios su juicio sobre el mundo, y a través de él ha abierto el camino de salvación”. Definición lapidaria.

  Ahora bien, visto el argumento de la cruz desde la modernidad, secularizada a más no poder, nos parece quijotesco y condenado al fracaso, ya que la técnica, la ciencia y el humanismo ateo, agnóstico,  existencialista o marxista, ha realizado el reto prometeico de las revoluciones industriales y sociales. Esto es innegable, pero también se ha de reconocer que ello ha traído un evidente malestar en las inteligencias despiertas que no se resignan al gran vacío. De este modo, el consumismo, la frivolidad, el alcoholismo, la droga, la violencia y la inmoralidad casi institucionalizadas, así como el libertinaje de los instintos como sucedáneo de un sentido decente de la vida, ¿no será todo consecuencia de lo que dijo Nietzsche en La gaya ciencia :"Desde que Dios ha muerto la soledad se ha hecho insoportable"? Muerto filosóficamente se entiende, que no en las conciencias de millones de creyentes que saben muy bien que la cruz es el gran "descubrimiento" del cristianismo, y que mientras que el judaísmo contemporáneo de Jesús esperaba de Él la liberación mesiánica frente a Roma, el Maestro pone el dedo en la llaga del corazón de la Historia.

      Cinco siglos antes que Jesús, Buda había dicho que la vida es esencial e irremediablemente dolor. La solución budista es el desapego y la frialdad hasta anular el deseo de vivir (Nirvana). La solución de Cristo es la rehumanización de las relaciones de los individuos sellándolas con el Amor. La cruz no es deseada, pero sí aceptada como un conocimiento de la realidad cotidiana siempre amenazando desesperación, pero susceptible de aliviar ayudados con la esperanza. La fe cristiana introduce el heroísmo espiritual del hombre de la calle frente a la distancia reflexiva de los filósofos. El sufrimiento es la sabiduría que da solidez moral a un hombre y a una mujer y los hace persona, y los prepara para un nivel superior de sentimientos en el criterio ante la vida.

     Pocas veces se ha dicho que el triunfo del cristianismo se debió, frente a las religiones mágicas del entorno y al judaísmo mesiánico, en la nueva sensibilidad que trajo a la sociedad. Una manera de sentir que arrancaba desde las clases más desfavorecidas con una fuerte dosis de sentido trágico, que se hizo permanente con las persecuciones y la lucha contra la esclavitud. Desde entonces la pobreza y la desigualdad de clases sociales no eran un designio de los dioses sino una deficiencia de la política que había que subsanar, si bien la evolución de la historia de Europa debido al feudalismo posterior y a las monarquías absolutistas no permitieron que los contenidos neotestamentarios de mejoras de las condiciones de vida se cumplieran como debían.  

Puede parecer que las dos alternativas que ofrece el espíritu cristiano, o sea, el sentimiento trágico de la vida (recordemos lo del sudeste asiático) y la reivindicación de una realidad más habitable en un mundo mejor distribuido y aprovechado, pueden chocar y llevarnos decepcionados a la solución budista, pero ésa es la exigencia, el desafío que hay que aceptar. Morir en nuestra cruz diaria es inevitable, pero también hay que resucitar al esfuerzo desde ella. En otra ocasión demostraremos cómo la verdadera fe no está reñida con el progreso.

 

                                CURIOSAS VIDRIERAS

 

                        Cuando el poema se hace oración  (I)

 

   No lo tendría fácil un estudioso que buscara en la Literatura Española todas las citas en las que los versos adoptan actitud de plegaria y como las oraciones cristianas que todos conocemos se pudiesen convertir en rezo ordinario de los devotos, tales como el Credo de san Atanasio, el Padrenuestro de los Evangelios, de donde también la primera parte del Avemaría,  la Salve de Pedro Mesoro, el Rosario de santo Domingo, la décima Bendita sea tu pureza del franciscano Antonio Panes, Alma de Cristo, santifícame de san Ignacio de Loyola,  por poner algunos ejemplos.

Pero haciendo una lectura somera de las obras más conocidas, saltará a nuestra vista la acción de gracias que hace el Mio Cid ""¡Grado a Ti, Señor Padre, que estás en lo alto"! Más adelante nos encontramos con este pasaje: "Llegó a Sancta María, luego descavalgaba;/ Fincó los hinojos, de corazón rogava./ La oraçión fecha, luego cavalgava". También insta a doña Jimena a que ruegue a Dios para que pueda volver y casar a sus dos hijas. El Libro de Buen Amor  comienza con una oración a Dios. En las Coplas de Jorge Manrique, su padre don Rodrigo se dirige a Cristo con evidente fervor.

No hace falta afirmar que toda la literatura medieval está entreverada de expresiones que tienen un significado religioso y las alusiones serían interminables. Como no es mi intención espigar detalladamente todas las ocasiones que se ofrezcan como tales, dedico el articulo a aquellos poemas que me parecen más representativos.

A pesar de que el Renacimiento fue mucho más variado en su temática, hubo escritores que tuvieron presente la tradición cristiana de manera muy profunda como Fray Luis de León, san Juan de la Cruz, santa Teresa, el mismo Fernando de Herrera... Exceptuando a Garcilaso de la Vega, todos los poetas rindieron un pequeño o gran vasallaje de sentimiento al motivo de la fe, que tanto calaba entonces en la España Imperial.  Pero de todos los autores fue Lope de Vega el que rezó con más poemas propios. Son conocidos algunos sonetos suyos como "¿Qué tengo yo que mi amistad procuras,/qué interés se te sigue, Jesús mío...?" También otro que comienza: "Pastor que con tus silbos amorosos/me despertaste del profundo sueño..."

Sin embargo, de toda la poemática religiosa de los dos siglos áureos, tenemos que citar como un ejemplo inigualable el célebre soneto "Oración a Jesús Crucificado", de autor lamentablemente anónimo.  Rafael Morales en su magnífica Antología de Los 100 mejores poetas de la lírica castellana vacila en su atribución a santa Teresa, a san Francisco Javier, a san Ignacio de Loyola, a fray Pedro de los Reyes, a fray Miguel de Guevara. El valor literario no está solamente en su comunicación religiosa, sino en la estructura maravillosamente cerrada compuesta por paralelismos y justeza expresiva que hacen de este soneto una joya de la literatura religiosa universal, espécimen de fervor que sintetiza todo el Barroco hispánico. Pongamos atención a esta estrofa que puede servir de plegaria  a quien la sienta como suya: "No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido;/muéveme ver tu cuerpo tan herido;/muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor de tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiere;/ pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera". Fíjese bien el lector en la justeza y el contenido de sus versos y se dará cuenta de que hay en ellos todo un compendio de fe cristiana. En cuanto a su factura literaria, se puede decir con todo rigor que no hay un soneto tan perfecto en la literatura universal, dada las distribuciones paralelísticas de su estructura y el clímax emocional ascendente que comunica. Todo ello hacen de él un modelo de poema que excita la ambición del comentarista para profundizar en sus valores expresivos.

 

                                        CURIOSAS VIDRIERAS

 

                             Cuando el poema se hace oración ( y II)

 

La literatura española contemporánea también registra un buen número de poemas que bien podrían ser entonados como una oración. Adelardo López de Ayala (1829 -1879), un poeta sevillano de Guadalcanal, escribió un soneto que merece ser citado como una auténtica plegaria, y de hecho así se titula:"¡Dame, Señor, la firme voluntad, / compañera y sostén de la virtud; /la que sabe en el golfo hallar quietud /y en medio de las sombras claridad;/la que trueca en tesón la veleidad,/y el ocio en perennal solicitud,/ y las ásperas fiebres en salud, /y los torpes engaños en verdad!/Y así conseguirá mi corazón/que los favores que a tu amor debí/ te ofrezcan algún fruto en galardón.../Y aún Tú, Señor, conseguirás así/que no llegue a romper mi confusión/ la imagen tuya que pusiste en mí".

Ya Bécquer (1836-1870), autor profundamente cristiano, escribió una rima que comienza: "Patriarcas que fuisteis la semilla/ del árbol de la fe en siglos remotos:/ Al vencedor divino de la muerte/ rogadle por nosotros/". Oigamos el grito desgarrado de Antonio Machado (1875-1939) después de perder a Leonor: "Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería./Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar./ Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía./ Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar".  En otro momento, el poeta hispalense expresará su fe con inquietantes visos de modernidad: “Yo amo a Jesús, que nos dijo:/ Cielo y tierra./ pasarán./Cuando cielo y tierra pasen/mi palabra quedará./¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?/¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?/Todas tus palabras fueron/una palabra: Velad".

 Otro poeta, de alma republicana como don Antonio, no ocultó su fe en Jesucristo. León Felipe (1886-1968) escribió versos libres en los que expresó su religiosidad al margen de rigores métricos:"Viniste a glorificar las lágrimas,/no a enjugarlas.../ Viniste a abrir las heridas,/ no a cerrarlas.../ Viniste a encender las hogueras,/no a apagarlas.../ Viniste a decir:/ ¡Que corra el llanto,/ la sangre, el fuego/ como el agua!"

El realismo de los Cristos castellanos debió de impresionar al poeta. León Felipe, lejos de la cobertura artística de los Cristos andaluces, mete los dedos en la llaga de la fe cristiana. Creer no es evasión celestial, sino abrir los ojos al drama de la humanidad, que sufre con el alma y el cuerpo el misterio del Mal, que va desde la ignorancia hasta la injusticia; desde las catástrofes de la naturaleza hasta las locuras de los hombres maltratando a la Tierra; desde el amor que soporta hasta la envidia que zancadillea...

En nuestros días, al lado del tono inconformista de Blas de Otero (1916-1979), tenemos a otros autores más resignados con los absurdos y el tormento velado de la existencia humana. He aquí una muestra de la plegaria insatisfecha del gran poeta vasco. "En calidad de huérfano nonato/y en condición de eterno pordiosero,/aquí me tienes, Dios. Soy Blas de Otero,/ que algunos llaman el mendigo ingrato./ Grima me da vivir, pasar el rato,/tanto valdría hacerme prisionero/de un sueño. Si es que vivo porque muero/ ¿a qué viene ser hombre o garabato?"

Un poeta como José Luis Hidalgo (1919-1947), intimista y conforme con la trayectoria de la vida humana, rezó muchas veces con sus propios versos en su corta existencia, tal como en este poema titulado "Te busco":"Déjame que tendido en esta noche,/ avance como un río entre la niebla/ hasta llegar a Ti, Dios de los hombres,/ donde las almas de los muertos velan./ Yo no sé dónde estás, pero te busco,/ en la noche te busco y mi alma sueña./ Por los que ya no están sé que Tú existes/ y por ellos mis aguas te desean./Y sé que como un mar a todos bañas;/ que las almas de todos Tú reflejas, / y que a Ti llegaré cuando mis aguas/ den al mar de las aguas verdaderas".

 La fe y el amor, cualquiera que sea su destinatario­—enamoramiento, la propia sangre, los amigos, el prójimo, la profesión, la afición a un quehacer noble—, mueven el cielo y la tierra, como diría Dante. Que el homínido haya superado una línea abismal que lo separa infinitamente de sus congéneres, debería hacer pensar a los no creyentes en que una Energía Eterna y configuradora de la materia nos penetra hasta el punto de que busca más allá de nuestras limitaciones  una dimensión ultrahumana donde Amor, Belleza y Sabiduría tocan su bienaventurado techo. Para esa búsqueda estamos aquí incansablemente a pesar de las contradicciones y contrariedades. Quizás la más eficiente oración sea ese esfuerzo sostenido que empezó en la ameba y acabará en el ángel.

 

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ÍNDICE       

 

 PASIÓN QUE ES TAMBIÉN LA TUYA

 

   

  Aromas de Cuaresma                             

  Un breve pregoncillo entre la Cuaresma y el Domingo de Ramos

  La música de la Semana Santa

  Domingo de Ramos

  La emocionada víspera

  A Nuestra Señora de los Dolores de los Servitas

  Un recuerdo de los años cincuenta   

  Soneto popular a Jesús Nazareno                                                        

  Cuaresma en la Isla                                                                               

  Pequeño mosaico de la Semana Santa    

  Quintillas para el Huerto

  Improntas nazarenas

  Tercerillas para el Huerto

  Madrugá isleña                                             

  Acercamiento emocional a la Cuaresma

  Al Cristo de la Buena Muerte

  Al Señor de la Caridad

  A la Virgen Nuestra Señora de Caridad   

  La Madrugá                                             

  Saetas para la Pasión de Nuestro Señor  

  Un Jesús Nazareno para el fracaso   

  Testigo de excepción en la Isla  Madre de los Dolores Nazarena   

  A Nuestra Señora  María Santísima de los Dolores   

  El poeta se hace eco                           

  Un hombre, un Dios                                                                             

  Romance de una evocación 

  Mater Amabilis, Mater Dolorosa 

  Claves del evangelio de san Juan                                                         

  Pasión que es también la tuya (Artículos)                                              

  La opinión del escéptico                                                                       

  Pasión que es también la tuya (Poema)                                                 

  La vida es Madrugá                                                                               

  Soneto popular al Nazareno de la Isla        

   

                           oooooooooOoooooooo

                               SEGUNDA PARTE

 

          OTROS ARTÍCULOS APARECIDOS EN EL DIARIO

SAN FERNANDO INFORMACIÓN EN LA CUARESMA DEL 2004

                  BAJO EL EPÍGRAFE  “METIENDO BAZA”

 

             REGIDOR PERPETUO DESDE ENTONCES

 

    A medida que pasa el tiempo, la perspectiva del recuerdo se ahonda generosa y colorista y su haz multicolor de cintas se despliega con la alegría de los años que ya no volverán, y que por eso adquieren ese tinte de nostalgia entre la melancolía y el regocijo, porque, como dijo el poeta, se canta lo que se pierde, pero no en la memoria, que cada noche de Jueves Santo me llega desde la Esquina del Gordo con sus gentes de aquellos años en que la Isla era más provinciana y los barrios vivían con más profundidad sus matices particulares, como el del Nazareno a su llegada al Carmen, tal un rito que sólo podría impedir la lluvia. En los dos o tres días anteriores al Jueves, algunos empleados del ayuntamiento venían a salvar con zahorra los desniveles de los chinos de las calles Mendizábal, santa Bárbara, santa Gertrudis y Carmen... Los vecinos se asomaban con un interés catapultado por el gozo. Eso era un anuncio de que Jesús, como siempre se le llamó a Nuestro Padre Jesús Nazareno, bajaría las calles adecentadas, mientras su Bendita Madre de los Dolores lo aguardaría en la Esquina, pegado el Paso al borde de la acera dejando espacio con el fin de que luego el Paso de Jesús pudiera pasar junto al de la Virgen en un esperado ceremonial del Encuentro entre la Madre y el Hijo, como nos cuenta el evangelio apócrifo de las Actas de Pilatos. 

     Ya estaba todo preparado para la inminencia del emocionante suceso. La churrería de Amalía, la de Antonio el Cojo, hermano de Luis el de la otra churrería junto a La Florida; el bar del Gordo con el chifleo imparable de la máquina del café, gigantesca como las radios de la época; Gabino el Chato enfrente y el pequeño bar de Paco más abajo, que luego fue de Lucio. Sobre la una, cuando se recogía El Silencio, la gente comenzaba a llegar como tomando posición al borde las aceras. Era ésa la única noche en que se veían juntas en los alrededores de la Esquina a gentes de las salinas, de las huertas, mariscadores y pescadores de los patios de Las Callejuelas...

   Por encima del patio de San Antonio, la luna con una redondez de mujer encinta a punto de parir, asiste ella también a la memorable y popularísima cita. Ya suenan las trompetas por San Francisco, Las Monjas... ¿Serán como otros años los guardias municipales con Bermejo al frente abriendo camino? ¿Irán detrás del paso de Jesús los Regulares de Camposoto y, acompañando al paso de la Virgen de los Dolores, la banda de Prado del Rey con las marchas Amargura, Nuestro Padre Jesús, Cristo de la Sangre, Soleá, dame la mano, Virgen del Valle...? ¿Cantarán como el año pasado sus saetas el Palma y el Compare?

   Jesús estaba en el corazón de aquellos isleños del barrio y de los que venían de otros barrios de la Isla que en aquellos tiempos aparcelaban su corazón devocional entre el Nazareno y la Virgen del Carmen. Jesús regía ya el alma isleña como signo de la más antigua advocación a imágenes representativas de la Pasión —junto a la del Crucificado y Soledad—, como El Greñúo en Cádiz y Gran Poder en Sevilla. Conservo una póstula del Nazareno del año1953. Hasta tal punto llegaba la fidelidad del fervor en El Carmen que muchos vecinos, antes de dar su limosna a los postulantes, les preguntaban si estaban seguros de que Jesús vendría hasta El Carmen.

   ¿Quién puede negar que Jesús Nazareno representa la religiosidad popular de la Isla y que esta imagen, incluso sacándola de su contexto pasional, está en el alma isleña desde hace dos siglos como norte de su fe, como convocatoria de miles de creyentes que inician su catequesis en los sentidos y el sentimiento para perfeccionarla personalmente en su responsabilidad cristiana, aparte del folclorismo inevitable que acompaña a todas las tradiciones arraigadas en la psicología de las multitudes?

    Aparte de los aspectos artísticos de la exaltación semanasantil, Nuestro Padre Jesús Nazareno es de hecho Regidor Perpetuo de la Isla con esa legitimidad que entraña un sentir matizado por las peculiaridades de cada uno, pero válidas para caminar hacia Dios y llenar los templos de fieles que van a rezarle al Regidor de sus almas con la mejor y más espontánea voluntad del mundo.

 

                                         METIENDO BAZA

 

                                    Cuaresma del cofrade isleño

 

                                    

    En el cantar del pueblo andaluz de todas las primaveras, según el breve poema de Antonio Machado, el espíritu de la Isla anda buscando una escalera para subir a la cruz. Todas las cuaresmas, los cofrades isleños, cada uno desde la humedad del almacén —donde reposan sus túnicas el sueño en que entran después de la Pascua de Resurrección—, hasta el olor del incienso de los cultos, sacan a la luz de esas tardes ya más largas sus inquietudes cofradieras y las plasman en una serie de actividades encaminadas a la proclamación del Mensaje del Hombre-Dios; un Mensaje que nos recuerda que la vida humana es Pasión, pero que los sufrimientos depurativos de nuestro espíritu tienen, como de siempre ha enseñado la Iglesia, un sentido –hacernos más humanos y conscientes de que la vida es valle de lágrimas, según reza la Salve—, pero que esa Pasión desde su Calvario, mira hacia arriba, a la esperanza de una dimensión a la que se llega una vez que hemos, como Jesús, nuestro Maestro y Salvador, agotado el cáliz de las vicisitudes de la tierra.

En un mundo frívolo y consumista como el nuestro, la cuaresma tiene un innegable valor de testimonio de la verdad de la vida y hoy, más que nunca, la sociedad necesita del mensaje evangélico, so pena de abocar a la juventud a un necio paganismo, a un desorden de vida moral y a un vacío de espíritu contra los que tuvo que luchar la Iglesia en sus comienzos para remontar la decadencia de aquellos tiempos de la Roma ya a punto de sucumbir.

           Quien haya llegado a altas cotas de experiencias, se dará cuenta de que vivir es atesorar valores humanos y que éstos constituyen la mayor y más segura riqueza que poseemos y que nos acompañarán en nuestro viaje al otro mundo. Que hoy las masas están de espaldas a esa inequívoca certeza y prefieren una manera superficial, alocada y hedonista de tomarse la vida, es problema de cada uno. Cuando la realidad nos clava sus colmillos en el alma, entonces nos percatamos de las mentiras a que nos inducen la publicidad en alianza con nuestros sentidos, siempre necesitados del engaño evasivo.

   La reiteración del Mensaje es, por tanto, un recordatorio de que existe una interpretación de la existencia humana; una interpretación que en cuaresma se decanta por unas formas expresivas que, lejos de repetirse, recuerdan, avivan y renuevan los sentimientos cristianos, aunque se manifiesten con ese ropaje artístico que una civilización tan antigua y rica como es la andaluza, le presta para su escenificación. La emoción cofradiera es leña preciosa que se echa en el fuego de la fe, para que la tenga viva todo el año. Es un drama en la calle que "edifica", como se decía antes, sobre todo en la Isla, que tan en serio se toma su semana santa. Un drama que empieza en el quinario, sigue en la via crucis , ¨camino de la cruz¨ (vía era de género femenino en latin), la Madrugá,  y no acaba nunca, ya que, después de la Pascua florida, en expresión catequística, el cofrade lleva en su alma una experiencia más que confirma y subraya la anterior. Es una suerte que, además de ser creyente, se sea artista de la propia fe, enmarcándola en ese cuadro noble del arte semanasantil. A quienes no lo entiendan les recuerdo aquel verso de Lope de Vega refiriéndose al amor: "...quien lo probó, lo sabe ".

 

 

                                          METIENDO BAZA

 

                                     Bécquer y la semana santa

 

Que la nostalgia de muchos sevillanos fuera de su Sevilla natal está relacionada consciente o inconscientemente con la semana santa, es tan obvio como indiscutible. El registro sentimental de la infancia se convierte en la madurez en secretaria e insobornable memoria. Cuántos sevillanos, muy lejos de su Plaza del Duque y la calle Sierpes, oyen en esos días morados retazos de marchas en el fondo de la evocación y creen que huelen a incienso de catedral en las alas fugaces del aire que los circundan...

Entre los que guardaron en un rinconcillo de su corazón esos sones nostálgicos, están, entre otros menos conocidos para el gran público, Manuel Machado, Rafael Montesinos ( De la niebla y sus nombres), Manuel Díez-Crespo (colaboraciones en "Diván meridional") y  el mismo Cernuda  ( poema "Luna llena en semana santa").

Sin embargo, hay otra corriente paralela que la evoca también, pero con cierta disidencia por algunos detalles externos más que sustanciales. Entre ellos podemos citar a José María Blanco (Blanco White), a  Antonio Machado y a Bécquer. El poeta de las Rimas, de exquisita sensibilidad tradicional (trabajaba en un ambicioso proyecto, tal como una suntuosa historia de los templos de España), se fue joven de Sevilla a Madrid y llevaba en su recuerdo la semana santa que se reinicia en Sevilla hacia 1850, después de postraciones y reveses políticos, que en la España del siglo XIX fueron tan continuos debido a un forcejeo entre conservadores, liberales y progresistas.

Con el apoyo de los Duques de Montpensier muchas corporaciones cofradieras hispalenses se levantan de su letargo y adquieren vistosidad, además de una cada vez mayor expectación, que impresionaron la retina observadora del joven poeta. Cuando Bécquer, un año antes de su fallecimiento, desalojado por la Revolución de 1868 —"La Gloriosa"— del gobierno que le mantuvo como censor de novelas en el Ministerio, permanece semidesterrado en Toledo con su hermano Valeriano, destacado pintor y escribe el artículo titulado "La Semana Santa en Toledo". En este trabajo opone la semana santa de la ciudad del Tajo como ejemplo de religiosidad frente al bullicio y al colorido de la semana santa de las riberas del Guadalquivir. La descripción que hace de un desfile procesional por la céntrica Plaza Nueva es de una curiosidad excitante para un aficionado al tema, ya que puede tomar nota de ciertos peculiaridades semanasantiles  desaparecidas después. Debido a su extensión no es posible reflejarlo aquí, pero sus detalles, enumerados con primor (y un poco de disgusto) por parte del autor, nos dan una idea del carácter introvertido y grave de Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, que era su verdadero nombre, nacido, por cierto, en el barrio de san Lorenzo, calle Conde de Barajas precisamente. Habría visto de niño y adolescente  el impresionante desfilar por su calle de dos cofradías del centro y de las llamadas "serias": El Gran Poder de madrugada y la Soledad de san Lorenzo el sábado santo.  Como más adelante manifestará Antonio Machado de manera semejante, el sentido religioso de Bécquer era más íntimo y austero.

 Era, sin duda, lo que tenía que sentir y valorar un alma desgarrada por las circunstancias, que ve en la religiosidad un acercamiento a Dios, pero a  través de la conformidad con las duras pruebas de la vida.

 

 

                                        METIENDO BAZA

 

                                Los Machado y la semana santa

 

Los hermanos Machado cultivaron juntos el teatro, algunos de cuyos títulos son hartos conocidos por el gran público, como La Lola se va a los Puertos o La Duquesa de Benamejí, entre otros. Antonio y Manuel se querían entrañablemente; juntos estudiaron, juntos estuvieron en París y juntos compartieron alegrías y sinsabores familiares.

Sin embargo, los dos tenían unas diferencias ideológicas mantenidas insobornablemente. Sabido es que durante la guerra civil Manuel se inclinó al bando de las derechas y Antonio al de las izquierdas. El uno escribió sonetos en los que exaltaba la tradición y desconfiaba de las revoluciones; el otro se siente atraído por el socialismo mitigado como una solución a los problemas de aquella España de "charanga y pandereta", según su verso. Después de la guerra, Antonio y su madre mueren en el exilio del sur de Francia. Su hermano Manuel morirá en la España de Franco ocho años más tarde.

Manuel y Antonio siempre fueron cristianos. Y cristianos fervorosos cada uno a su manera. Manuel, tradicional, sensorial y popular. Antonio, meditabundo, intimista y pragmático a lo protestante; no en vano,  un poema dedicado a Ortega y Gasset, acaba así: "Y que Felipe austero (se refiere a Felipe II, defensor del catolicismo a ultranza),/ al borde de la regia sepultura,/asome a ver la nueva arquitectura/ y bendiga a la prole de Lutero".

Hay un breve, pero profundo poema de Antonio en que expresa su fe en Jesús en unos versos que comienza con "Yo creo en Jesús que dijo..." Ahora bien, esa interioridad de una fe reflexiva con apoyaturas filosóficas a lo Henri Bergon, le llevaba a un claro rechazo de lo semanasantero. Lo podemos ver en el poema en el que retrata a don Guido, un cofrade sevillano: "Gran pagano,/ se hizo hermano/ de una santa cofradía;/ el Jueves Santo salía/ llevando un cirio en la mano/—¡aquel trueno!—,/vestido de nazareno..." De hecho, Antonio critica la semana santa de su época. También lo hizo Eugenio Noel poniendo el dedo en la llaga de la superficialidad, la bullanga, la borrachera y la emulación de los exornos. En esos años, y en otros aspectos, también la criticó Cansinos Asséns, y posteriormente Alfonso Grosso en su novela El capirote. Pero, para ironía del destino, el poema de Antonio titulado "La saeta", en el que opone al Jesús del madero, el Jesús que anduvo sobre el mar —o sea, el Jesús profundo que iba más allá del culto externo y periódico—, se convirtió en tema musical con J.M. Serrat y luego en marcha cofradiera, y hoy está presente en los desfiles procesionales, casi codeándose con la marcha "Amargura", santo y seña de la semana santa andaluza.

Manuel sigue unas pautas muy de devoción en la calle. Su amor al Gran Poder y a la Macarena está recalcado en sus versos con aire luminoso y ecos de alma sevillana. "¡Ay, mi Sevilla, que lo tiene todo,/ cuando Jesús del Gran Poder le ofrece/ la Fe y la Caridad...Tú, la Esperanza!"

Creo que las referencias sobre el hecho cofradiero andaluz de Antonio y Manuel son complementarias. Si Antonio corrige los excesos humanos de los cofrades y opta por una religiosidad de puertas adentro del alma, Manuel exalta los derechos de los sentidos a alabar una fe pública que está en las raíces del alma colectiva. Lo ideal sería que todos los cofrades tuvieran un compromiso eclesial con la misma fuerza que su devoción artística y un interés por la cultura cristiana como por los detalles de los enseres cofradieros.

 

 

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                       El tempo de las procesiones isleñas

 

     En la terminología musical el término italiano tempo significa la velocidad con que debe ejecutarse una pieza. El tempo puede ser de movimiento rápido y entonces se llama allegro, o bien puede ser moderado y se denomina andante, o bien es ejecutado lentamente y tenemos así el largo. Es una noción muy superficial, pero útil para nuestro propósito.

    El tempo largo, que consideráramos como lento para entendernos mejor, nos recrea en una sucesión de notas relativamente iguales, sin altibajos, como si fuese un sueño delicioso o una conversación agradable.

    Pero para llegar a este estado de ánimo imperturbable se necesita un perfecto dominio de sí mismo, que le llega al hombre por una rigurosa educación de sus nervios. Sabemos que la vida moderna erosiona el biorritmo de los individuos hasta cl extremo del desequilibrio. La rígida programación de las actividades diarias y la prisa no son buenas consejeras.

    Cuando se dice vulgarmente: "Eres más lento que una procesión", se hace alusión a ese ritmo sereno y recreativo del que pasea como olvidado de los estresamientos cotidianos. En este caso, no domina el tiempo al hombre, sino es él quien somete el fluir interior que lleva en muchas ocasiones al individuo a hacerlo hiperactivo como si temiese oír por dentro de sí el gotear de los instantes.

   A quienes vienen de fuera de Andalucía les llama la atención esta lentitud de tiempo cofradiero que predispone a la quietud. Este tempo pone a prueba el autodominio de una persona adulta y madura dentro de un cortejo público que impone orden y recogimiento. Es una lección de paciencia. Afortunadamente, las cofradías isleñas todavía mantienen ese estilo de procesionar que no hay por qué asociarlo al desfile con la connotación que este término tiene entre nosotros. Pero no voy a entrar en un estudio sociológico del tema, sino en su aspecto psicológico. Y repito que el tempo lento de las procesiones isleñas invita a modelar con la parsimonia una armonía interior que es muy necesaria al hombre actual, tan zarandeado por el tópico de la prisa. El colmo de esa euritmia —o sea, buen ritmo—, de musical y agradecido relajo, la tenemos en el pasito corto y a las bandas de los Pasos que portan nuestros cargadores con ese estilo que los caracteriza "desde los Puertos acá", como decía el verso de José María Pemán, distinto del rachear de Sevilla y Jerez. Si, además, ese estilo de procesionar está marcado por los compases de una marcha fúnebre o lenta —de las que en la Isla se han compuesto unas cuantas, recogidas en los tres compactos que editó felizmente nuestra Fundación Municipal de Cultura en el año 1995—, entonces se comprenderá mejor la idea que quiero exponer.

    Quién sabe si, en un principio, entre otros objetivos, las procesiones fueron organizadas y llevadas a la vida pública para contagiar a ésta de una meditación trascendente que hiciera a los cristianos más sensibles a la concentración y, por ello, a la penitencia, independientemente entre nosotros de la influencia marcial de nuestra tierra.

    Repito, pues, que en unos tiempos como los nuestros, agitados que están por el consumismo, por la llamada telebasura y el ajetreo propio de la sociedad moderna, el tempo lento del procesionar de la Isla invita a las personas de bien al recogimiento y a un respiro como de expansión interior, como si por un rato nos trasladásemos a otra época y a una mentalidad en la que era posible un transcurrir sosegado de la existencia. Es nada más que una opinión.

 

 

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                                                    Variantes de le Pasión según los apócrifos (I)

 

 Estamos acostumbrados a la narración de los evangelios canóni­cos y no se nos ocurre que pudie­sen existir ligeras variantes en el proceso de la Pasión y Muerte de Jesús.

En Los evangelios apócrifos de Aurelio de Santos Otero, de la Biblioteca de Autores Cristianos, tenemos, entre otros, el ciclo de la Pasión y Resurrección, compuesto, a su vez, de varios libros, de los que destacan, para el fin que nos pro­ponemos, los siguientes: Evangelio de Pedro, Ciclo de Pilato, Venganza del Salvador, Sentencia de Pilato y Declaración de José de Arimatea.

Materialmente sería muy difícil entrar en todos los detalles, dada la limitación del artículo; así que menciona­remos aquellos rasgos que entrañen variantes o matices diferenciales de relativa importancia.

Empecemos con el Evangelio de Pedro, redactado en las primeras décadas del siglo II. En el versículo 7 se dice "después le revistieron de púrpura y le hicieron sentar sobre el tribunal, diciendo: Juzga con equidad, rey de Israel". Hay una evidente burla en este pasaje que, contrastado con Mateo 27,28 se reduce éste a sólo la clámide púr­pura, la coronación de espinas y a rendirle honores de rey, sarcástica­mente, pero sin el derecho a juicio sobre los demás. En Marcos ocurre exactamente lo mismo. En Lucas se le venda los ojos, se le hie­re y se le pregunta burlescamente que quién le ha herido. En Juan también se le viste con un manto de púrpura, le dan bofetadas y le saludan como rey de los judíos. El Evangelio de Pedro hace una peli­grosa matización en el versículo siguiente y se dice que Jesús callaba "como si no sintiera dolor alguno", detalle éste que no consta en lo demás, evangelios. Los cristianos gnósticos aprovecharon esta insólita impasibilidad del Señor para corroborar su docetismo; esto significa que el cuerpo físico de Jesús era aparente ( recuérdese que, según el dogma, hay dos naturalezas en el Señor y una sola voluntad). Esos mismos cristianos pensaban que Jesús no había tomado cuerpo real y que la divinidad del Salvador se revestía de un aspecto aparencial, casi fan­tasma, o casi astral, como dirían hoy los teófosos y esoteristas. Ellos se apoyaban en que Jesús escapaba fácilmente de entre las multitudes cuando querían apresarlo y que caminaba sobre las aguas.

Pasemos a otro rasgo diferencia­dor. Se dice en este mismo Evange­lio de Pedro, versículo 7, que la cruz "fue enderezada". Las moder­nas interpretaciones nos hablan del "stipes" - madero que llevaba sobre su cuello el reo- y el "patibulum", fijo en el lugar de la crucifixión. Si la cruz -"staurós" en el original griego- fue enderezada, que es poner hacia arriba, es de suponer que se refiere a la cruz completa. En el Ciclo de Pilato le dice éste a Jesús: "Tu pueblo te ha desmenti­do como rey. Por eso he decreta­do que en primer lugar seas flage­lado, de acuerdo con la antigua costumbre de los reyes piadosos, y que después seas colgado de la cruz en el huerto donde fuiste apresado...".

Como ve, no se trata del Gól­gota, donde había emplazamien­tos o tinglados para crucifixiones. En el huerto de Getsemaní sola­mente había olivos. Luego, ello hace suponer que Jesús llevó efec­tivamente la cruz completa, y esta denominación no es sólo una metonimia de la parte por el todo, y que, además, llevó la cruz hasta allí -como los dos ladrones, a quienes se mencionan también- y en un sitio adecuado, montículo tal vez, fuese endereza­da la cruz con Él ya clavado. Continuaremos en el próximo artículo.

 

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                     Variantes de la Pasión según los apócrifos (II)

 

     Sigamos con el Evangelio de Pedro. Jesús, a la hora de morir grita: "Fuerza mía, fuerza (mía), tú me has abandonado". En el versículo se dice que sacaron los clavos de las manos de Jesús y le tendieron en el suelo. Pero es, además, aquí, en el huerto, donde es flagelado y coro­nado de espinas, y no en el preto­rio. Realmente no se habla de cruz y sí de ser colgado, pero esto no da a entender que fuese ahor­cado, ni creo que en las ramas de los olivos haya posibilidad mate­rial para una crucifixión. Hemos de suponer, según esta versión, que Jesús llevaría su cruz entera y no solamente el travesaño, —como aparece en recientes películas—, pues el patíbulo estaba fijo en lugares de ejecución, siempre al lado de un cementerio. Cuando muere el Salvador, el entorno se conmueve y sobreviene un gran pánico. En el versículo 36 los cielos se abren y dos varo­nes bajaron de allí con gran res­plandor (esto ha dado lugar a que los ovnílogos especulen acerca de una intervención de potencias extraterrestres en la Pasión y Resurrección). Situación semejante sólo la encontramos en Mateo: sobre­viene un gran terremoto y un ángel del Señor baja del cielo y remueve la piedra.

      Volviendo al Ciclo de Pilato, hagamos las siguientes observaciones. En el capítulo segundo Claudia Procula avisa a Pilato acerca de la inocencia de Jesús. En otro documento de este origi­nal llamado 'recesión B', se ofrece más pormenores de la subida al Calvario. Dada la extensión, hay que resumir el escrito diciendo que, en lo que se refiere a la Virgen, que Ésta, avisada por Juan, divisó a Jesús en la calle de la Amargura, cayó desmayada y estuvo bastante tiempo en el suelo. Cuando se reanimó, comenzó a prorrumpir una serie de estremecedoras exclamaciones y a golpear su pecho. Los judíos, al ver este espectáculo, quisieron alejarla; pero María permaneció firme jun­to a su Hijo: A Jesús se le había preparado una cruz y se la habían echado sobre los hombros. Con ella llegó hasta las puertas de la ciudad; pero las llagas y la pesa­dez del madero le hacían desfallecer. Entonces obligaron a Simón de Cirene a que se hiciera cargo del madero.

       En otro documento titulado la Venganza del Salvador, capítulo veinticuatro, una tal Verónica tie­ne en su casa un lienzo con la faz del Señor impresa en él.

       En la Sentencia del Pilato, copia de 1580 de un original des­conocido, Pilato da orden al cen­turión Quinto Cornelio de que Jesús sea maniatado y azotado por toda la ciudad. Sale por la puerta Antonia con dos ladrones, va vestido de púrpura, coronado de algunas espinas y con la cruz sobre los hombros. Será crucifica­do en el monte Calvario y su cuerpo será expuesto como espec­táculo de todos los malvados. Esta sentencia la da el goberna­dor romano un 25 de marzo.

       En la Declaración de José de Arimatea, que data del siglo XII (no se indica de qué original ante­rior), se acusa a Jesús de haber hurtado la Ley y los Profetas. Sin embargo, en el Apócrifo de Juan, de carácter gnóstico, Jesús es acu­sado de apartar a los apóstoles de la tradición de sus padres. En los demás detalles hay múl­tiples coincidencias con los evan­gelios canónicos. Falta por decir, fuera ya de los apócrifos, que la Legión Itálica, compuesta por soldados tarraconenses, fue la que acompañó a Pilato durante su destino en Palestina. Ella sería la encargada de la Crucifixión. Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo 46.

 

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                                   Dos "misterios" apócrifos

 

    Hay en la Isla dos "misterios" apócrifos: Afligidos y Misericordia. En ninguno de los evangelios canónicos se nos dice que Jesús se encontrara con su Madre en la calle de la Amargura. En todos ellos se nos refiere que sus familiares veían la ejecución "de lejos" o posiblemente cerca, mas no "iuxta crucem" —junto a la cruz—, como escribe el autor del Stabat Mater medieval.

      En la catedral de Jaén, entrando por la nave de la izquierda, al fondo, en un altar profusamente iluminado, tenemos a Jesús Nazareno —"El abuelo", como le llaman allí—, con su cruz de carey. A la derecha de esta imagen está la Virgen de los Dolores en actitud visiblemente dolorosa, y a la izquierda está san Juan Evangelista con un brazo levantado, como señalándole con el dedo a María por donde va su Hijo con la cruz a cuestas. Esta secuencia está sacada de la recensión B de las Actas de Pilato. Citemos el texto aludido: "Juan al principio iba siguiendo el triste cortejo, pero luego se fue corriendo a toda prisa a dar cuenta a la Virgen de lo que pasaba, pues se encontraba ignorante de ello. Al oír la Virgen el relato, quedó transida de dolores y se fue en seguida, acompañada por Juan y por Marta, María Magdalena y Salomé, a la Calle de la Amargura. Al ver la comitiva, preguntó a Juan cuál era su hijo. Él se lo señaló, diciéndole que era el que llevaba la corona de espinas y las manos atadas. La Virgen, que divisó a Jesús, cayó desmayada hacia atrás y estuvo bastante tiempo en el suelo. Cuando se reanimó, comenzó a prorrumpir una serie de estremecedoras exclamaciones y a golpear su pecho. Los judíos, al ver el espectáculo, quisieron alejarla; pero ella permaneció firme junto a su hijo".

       En esta misma recensión, coincidiendo con san Juan 19,26, Jesús confía  su Madre a los cuidados del discípulo amado. Después vienen los judíos y alejan al grupo de amigos de Jesús. Aquí nos preguntamos si fueron los judíos o los romanos, que eran realmente los organizadores de las ejecuciones. encabezados por el manípulo; o bien podría ser una guardia judía auxiliar del Templo, en colaboración con los romanos. 

      También en esta recensión se cita a Simón de Cirene, que se hace cargo del madero en cuanto que Jesús llega a la puerta de la ciudad, camino del Calvario, ya desfallecido por las llagas y lo pesado de aquél. Estamos, pues, en el segundo "misterio". En él otro personaje secundario pero pintoresco es el de la Verónica. La Verónica, citada en algunos textos apócrifos como la hemorroísa —que aparece en ocasiones con el nombre de Berenice—a la que el Salvador cura tan sólo con que ella toque su manto, posee, en efecto, un lienzo con el rostro de Jesús, que éste le imprimió una vez a petición de ella, mucho antes de la Pasión. Ese lienzo será el que Volusiano, un oficial romano, lleve a Roma para curar la lepra de Tiberio, según el tono legendario de los evangelios apócrifos, muy en concreto, en las llamadas Actas de Pilato, llevadas al cine, en versión italiana subtitulada, por Luigi Magni.

Sin embargo, para buscar a la Verónica que enjuga el rostro de Jesús camino del Calvario, tendremos que seguir los piadosos pasos de la Tradición y llegar a la Edad Media. Justo en el relato de Petit Saint-Graal (Pequeño santo Grial) de Robert de Vorron, que se encuentra en la biblioteca de Mans y data de entre 1225 y 1260, hallamos este motivo no canónico que luego tendría un eco resonante en las iconografías religiosas adjuntas a la Pasión, tanto en grabados como en relieves de las iglesias. A pesar de su no canonicidad, no significa que fueran del todo irreales, si bien en algunos casos la fantasía es bien patente; sin embargo, en otros pasajes coinciden con versículos de los evangelios que configuraron con una intención más catequética el Mensaje de Cristo.

 

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                                          María en la Resurrección

 

          Mientras que en los evangelios canónicos se nos refiere que fue a Ma­ría Magdalena a quien Jesús se apa­reció una vez resucitado, en los apócrifos es su Madre la que aparece como primera tes­tigo de ese hecho, del mismo modo que en los sinópticos las mujeres miran "de lejos" la crucifixión, mientras que en san Juan 19, 25 María está junto a la cruz, como es­cribió Jacopone da Todi en su famoso Sta­bat Mater.

Uno de los escollos de creyentes en Jesús como enviado de Dios y portador de un mensaje de fe y esperanza en la otra vida, está en la resurrección del Salvador. Ade­más de los textos canónicos, que ya conoce­mos, sería de gran interés aportar datos extraídos de evangelios no bien conocidos en Occidente cuando la Iglesia de Roma se consolidaba. De modo muy sintético, expo­nemos ciertos rasgos que no van a pasar de­sapercibidos.

Orígenes (185-254), famoso teólogo cris­tiano de Egipto, que murió mártir, conside­raba el Evangelio de los Doce apóstoles co­mo uno de los más antiguos evangelios co­nocidos, incluso anterior incluso al de san Lucas actual.

En él María exclama ante su Hijo resuci­tado: "¡Maestro! ¡Mi Señor y mi Dios! ¡Hijo mío! Has resucitado, has resucitado de verdad..." Y quería besarle. Pero él se lo im­pidió y le rogó, diciendo: "Madre, no me to­ques. Espera un, poco... No es posible que nada carnal me toque hasta que yo vaya al cielo. Sin embargo, este cuerpo es con el que pasé nueve meses en tu seno. Sabe es­tas cosas, Madre mía, sabe que soy yo a quien tú alimentaste. No dudes de que yo soy tu hijo. Soy yo quien te ha dejado en ma­nos de Juan cuando yo estaba colgado de la cruz. Ahora, Madre mía, apresúrate en ad­vertir a mis hermanos y decírselo...». (Fragmento 14).

Si lo comparamos con el Evangelio de San Juan, en el versículo capítulo XX, Jesús da la misma orden, pero en este caso a Ma­ría de Magdala. El sentido de ambos textos es el mismo y solamente cambia la interlo­cutora del Maestro resucitado. También en los de Marcos y de Mateo se trata de María Magdala.

Tomemos ahora el Evangelio de Bartolo­mé. Estamos ante el sepulcro la mañana de la resurrección. María escucha la voz de una persona que, le dice: "¡María! ¡Madre del Hijo de Dios!". Y María, que conocía esa voz, dice: "¡Maestro! ¡Hijo de Dios Todopo­deroso!... ¡Mi Señor y mi hijo!" Pero Jesús no para aquí su llamada y continúa: "¡Salud a ti, madre mía, mi arca santa. Ve a mis her­manos para decirles que he resucitado de entre los muertos". (2° Fragmento).

En el llamado Evangelio de Gamaliel Ma­ría se dirige a un desconocido, al que supo­ne el hortelano, como en los textos canóni­cos, y le dice entre otras palabras: "Señor: esto es lo que me entristece, porque en esa tumba no he encontrado el cuerpo de mi hi­jo bienamado, para llorar sobre él, lo que habría consolado mi tristeza... Y ahora, si sois el guardián de este huerto, os conjuro a que me informéis...". Jesús le responde en­tonces: "María, ya has derramado bastan­tes lágrimas hasta ahora... Mírame el ros­tro, madre mía, para convencerte de que soy tu hijo...". Ella le dice: "Entonces has re­sucitado, oh mi señor y mi hijo...". (Extrac­tos).

Todos estos manuscritos forman parte de lo que se ha dado en llamar los apócrifos etíopes; como todos los demás de estas ca­racterísticas, proceden de un viejo fondo primitivo que custodiaban celosamente los cristianos coptos de Egipto y Abisinia, pero tal hallazgo nos llama fuertemente la aten­ción, de manera que con estos textos saca­dos del olvido, la fibra emocional del cre­yente se conmueve, cuando todavía suenan los ecos de la Semana Santa en la calle, con­memoradora de la Pasión del personaje que más ha influido en la Historia y cuyas enseñanzas hicieron el mundo mejor (véase más arriba el artículo Cristianismo y socialismo.)

 

 

                               ALMA DE LA PALABRA

                                Viernes Santo

 

VIERNES-dies veneris-, "día de Venus" en el calendario romano, como todos sabe­mos. Joan Corominas, en su diccionario etimológico de la lengua castellana, la docu­menta en 1219. Otro vocablo derivado de esta palabra es "Venera", en concreto del latín "Ve­neria", especie de concha, así llamada por la concha en que se pinta a la diosa Venus al salir de las aguas, en un cuadro de Botticelli. Recuerdo haber leído en una historia de la lengua española que “dies veneris” podría significar “Día de la veneración”.

 

La tradición ha admitido el viernes como día de la muerte de Jesús. Sin embargo, algún autor ha sostenido que la muerte del Salvador aconteció en martes. Él afirmaba en su tesis que en un viernes no se po­día colgar a un reo en la cruz puesto que apare­cería aún vivo en el sabbat, día de descanso de los judíos, y más aún un sabbat como aquel, vís­pera de fiesta de la Pascua. Era una norma existente en el Talmud de Babilonia, pág. 32, que lo prohibía.

Según él el viernes fue elegido para yuxtapo­ner a la fiesta pagana y carnal de Venus la crucifixión de Jesús, Indicativo de la abolición de viejos tiempos por tiempos nuevos. ¡Pero quienes crucificaban eran los romanos y ellos no enten­dían de estas sutilezas hebreas!

A partir de entonces la importancia del Vier­nes Santo en el mundo cristiano ha sido decisi­va. ¿No influyó ella para que el Islam lo tomara como día santo? (No se olvide el respeto que hay en el Corán por Jesús y su Madre. Suras III y XIX). Mahoma tuvo en su juventud un maestro cristiano nestoriano (Nestorio consideraba que en Jesús había dos naturalezas y dos personas y que su Madre había sido solamente madre de la naturaleza humana; contrario, pues, a la Iglesia que reco­noce en Jesús dos naturalezas en una sola per­sona, y que María era madre de ambas, la hu­mana y la divina). Todo esto revalida la tesis de la tradición cristiana.

Por tanto, ese día se convierte en el pilar de la civilización cristiana. Marca un antes y un des­pués, si bien esta demarcación histórica no ten­dría efectos sociales sino después del Concilio de Nicea (a. 325). Que la Didaché —documento ca­tequético y litúrgico del cristianismo primitiva——­nos narre que los primeros cristianos celebra­ban el domingo como fiesta en la que se reunían al amanecer para elevar sus preces a Dios, no es nada extraño, ya que este día fue considerado nuncio de la resurrección.

 

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ARTÍCULOS APARECIDOS EN EL DIARIO SAN FERNANDO INFORMACIÓN  EN LA CUARESMA DEL 2005

 

 

                               CURIOSAS VIDRIERAS

 

                          El retrato de Jesús de Nazaret   ( I )

 

        Con estas palabras dirigidas por unos griegos al apóstol Felipe: "Quisiéramos ver a Jesús" (Juan 12:21). siguen los cristianos expresando el deseo de conocer cómo fue el rostro de Jesús. ¿Quién de nosotros no se ha preguntado alguna vez cómo era físicamente el hombre que más ha dado que hablar a los escritores, poetas y teólogos de nuestro Occidente?

       Los artistas cristianos de todas las épocas han intentado representar a Cristo y lo han hecho de múltiples maneras, proyectando sobre él la encarnación de sus supremos ideales religiosos y humanos.

       Cada época, por medio de sus artistas, ha tenido su Cristo: los bizantinos se lo representaron como el juez del "juicio final", con gran majestad y aterrador. El Cristo de las catedrales del Medievo es el gran Rey de reyes, hierático y solemne, señor de cuerpos y almas, suprema jerarquía del orden social y del universo, en paralelismo con el gran señor feudal. El Cristo barroco es un Cristo que sufre, patético, representado más veces muerto o agonizante, que vivo o resucitado; más sangrante y vencido que vencedor, como nos lo muestra la imaginería en los Pasos de Semana Santa. Más tarde vendrán esas representaciones edulcoradas que todos conocemos de un Jesús de largas y onduladas melenas y femeniles túnicas, lánguido e impotente, como en la película Jesús Superstar.

       Nuestro siglo será testigo de una explosión de intentos gráficos por captar a Cristo bajo otras ópticas: desde el Cristo cósmico de Teilhard de Chardin, eje y motor de la evolución, al Jesús estético, poético y ausente de Dalí, pasando por todos los Cristos torturados, casi caricaturescos, del expresionismo, neorrealismo, y de una larga serie, aún inconclusa, de muchos otros "ismos” ocurrentes u oportunistas.

       Los jóvenes de hoy, en la atmósfera reivindicativa de nuestro tiempo, se han inventado un Cristo como ellos, joven, rebelde, a la vez mítico y desmitificador. Para unos, se tratará de un Jesucristo "American look", guapo galán anglosajón con carisma cinematográfico, "hippy", "Superman" o "Superstar", o bien el "Jesus clown" jovencito, divertido, e ingenuamente amable de "Godspell".

        ¿Por qué este desacuerdo? ¿Por qué estas diferencias entre tantos estereotipos? ¿Será Cristo un diamante de infinitas facetas, tantas que nunca será abarcable por un hombre en una sola vida humana, ni por toda la humanidad de todas las generaciones?

        Los evangelistas, atentos más bien a las  circunstancias  y al mensaje del Maestro, no se han preocupado de satisfacer nuestra curiosidad sobre su físico. Los Evangelios aluden a la infancia y formación de Jesús en el seno de una familia de artesanos, hecha al duro trabajo de cada día. Solamente Lucas, el médico, insiste en que el niño "crecía [y se fortalecía] en sabiduría y en estatura, y en gracia" (Luc. 2:40 y 52), quizá para precisar que Jesús alcanzó un equilibrado desarrollo físico.

       Se ha querido encontrar un indicio en el relato del publicano Zaqueo, quien, habiendo llegado Jesús a Jericó, trataba de ver a Jesús, por saber quién era, y no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura; y corriendo adelante se subió a un sicómoro para verlo, porque iba a pasar por allí entre los suyos (Luc. 19 :3-4). De estos versículos se ha querido deducir que Jesús no era de gran estatura. Esta interpretación, ya sugerida hace tres siglos, es una especulación sin fundamento alguno, si bien la tipología étnica del semita nos arroja individuos de estatura mediana o más bien baja; aunque no se ha de olvidar que en la Decápolis había una colonia de griegos y es de suponer que la mezcla racial sería probable incluso entre galileos, los más radicales de los judíos.

 

 

                           CURIOSAS VIDRIERAS

 

                    El retrato de Jesús de Nazaret   ( II )

 

       Otro ejemplo, pero ahora referido al carácter. En el lago, duerme en la nave, mientras los discípulos luchan ansiosos contra el temporal; esto puede ser un interesante indicio de que Jesús tenía un sistema nervioso muy sano, que le permitía un pleno relajamiento aun en situaciones adversas. Podemos contrastar esta complexión sana y equilibrada de Jesús con la de otros fundadores de religiones, en particular con la sensibilidad nerviosa de Mahoma y con el agotamiento físico de Buda, que, vencido por el dolor, predica una religión pesimista y renunciadora. La actitud de Jesús en los momentos de la Pasión es la de un hombre extraordinariamente dueño de sí mismo. En medio de las reacciones desquiciadas de sus jueces y acusadores, Jesús no tiene ni un gesto, ni un grito incontrolado. Jesús da muestras de una comprensible desesperación en los estertores de la muerte, síntoma muy humano. Sin embargo, recuérdese la serenidad con que replica al sayón que le da la bofetada cuando se haya ante Anás, así como el aplomo ante Pilatos. Sus conocidas siete últimas palabras en la cruz, ofreciendo el perdón a los enemigos entre ellas, son eco de la inigualable paz interior de su espíritu.

       Apoyándose en la profecía del Mesías sufriente de Isaías, 53:2,3, los padres de los siglos II y III se representan a Cristo como teniendo un aspecto miserable, sin ninguna belleza. Según Justino mártir, Jesús era deforme. Según Clemente de Alejandría era feo de rostro. Para Tertuliano carecía de hermosura y su cuerpo no tenía ningún atractivo ni perfección. Sánchez-Dragó en  su libro Carta de Jesús al Papa confirma esta descripción totalmente indemostrable.

      San Efrén de Siria le atribuye una estatura de tres codos. Orígenes parece ratificar la afirmación de Celso de que Jesús era pequeño, feo y desgarbado. También nos transmite la extraña afirmación, que parece compartían muchos cristianos de su tiempo, de que Jesús parecía feo a los impíos y hermoso a los justos. Hay quienes llegaron a decir que Jesús estuvo leproso, e incluso que fue cojo (esa es la tradición que se refleja en algunas cruces rusas y la mantiene Robert Graves en su obra Rey Jesús). En un sarcófago del Museo Gregoriano se representa a Jesús barbilampiño con una varita en la mano.

        En los siglos IV y V, y apoyándose esta vez en el Salmo 45:2,3, proliferan, yéndose al otro extremo las descripciones que hacen de Jesús el más bello de los hombres: Juan Crisóstomo, Agustín, Jerónimo, también Ambrosio, Teodoreto, Gregorio de Niza.

       Esta tendencia será la que va a predominar hasta nuestros días. Es en la Edad Media cuando vamos a encontrar las primeras descripciones detalladas de los rasgos físicos de Jesús, llegando a constituirse un verdadero retrato literario, estereotipado, fuente de las representaciones pictóricas del Galileo, que se harán en su mayoría teniendo en cuenta las líneas de este arquetipo.

      Andrés, metropolitano de Creta, hacia 710, dice que Jesús era "de cejas unidas, de ojos bellos, con el rostro alargado, un poco encorvado, de buena estatura". San Nicéforo, y una carta reputada apócrifa de Juan Damasceno, dicen que Jesús, "lleno de majestad en su porte, inclinaba un poco al caminar, su elevada estatura. Sus ojos eran hermosísimos. Sus cabellos rizados caían en grandes bucles sobre sus hombros, su rostro pálido, aceitunado, rematado por una espesa barba negra. Sus dedos largos y delgados. Su profunda mirada respiraba sabiduría, paciencia y bondad". San Epifano, monje griego, hacia el año 800 en Constantinopla, decía que Jesús tenía seis pies de alto, (aprox. 1,70 m), ojos verdes, nariz larga, tez trigueña, cejas negras, no del todo arqueadas, cabello rojizo o rubio, levemente ondulado, y presentaba una ligera inclinación el cuello, de modo que su figura no era del todo derecha, y remata su descripción diciendo que era "el vivo retrato de su madre".

 

                             CURIOSAS VIDRIERAS

 

                      El retrato de Jesús de Nazaret  (III)

 

       El retrato más conocido y generalizado es el contenido en la famosa carta atribuida a un tal Publio Léntulo, presunto gobernador de Jerusalén. De su descripción tardía y devota, en la que se nos lo describe con una abundante cabellera partida en dos, cayéndole sobre los hombros, sacamos que Jesús es un "nazir", o sea, un nazareno, un hombre consagrado a Dios, como Juan el Bautista, su primo y anunciador.

       La primera generación cristiana, procedente en su mayor parte del judaísmo, no podía tener deseo de transmitir una efigie de Jesús, sobre todo por las prescripciones mosaicas, refractarias a representaciones icónicas de cualquier tipo. Por eso las más antiguas figuraciones que nos han llegado de Cristo son en Occidente las de las catacumbas de Santa Priscila (II-III siglos) y en Oriente las pinturas bizantinas (IV siglo), ninguna de las cuales reproduce rasgos históricos, sino que dependen exclusivamente de motivos ideales y son creaciones de la “fantasía". Sin embargo hay antiguas leyendas acerca de ese deseado retrato; una de las más conocidas es la del rey Agabo de Edesa. El obispo Ireneo de Lyon, dice que ya en su tiempo era desconocido y no se sabía dónde estaba. Eusebio de Cesarea, también hace una alusión a él. San Agustín dijo algo muy interesante: "La imagen de Cristo según la carne varía al infinito y puede suceder que la que nosotros nos formamos diste mucho de la realidad (...) No la conocemos". También surgió en la Edad Media la leyenda de los retratos de Jesús pintados por San Lucas y que en el siglo XIII entroncará con la efigie del velo de la Verónica, del que nos habla el evangelio apócrifo Tradición de Pilato. Se ha hablado incluso de una estatua de Jesús costeada por la hemorroísa en gratitud por su curación y enviada por ésta a un tal Paneas. También se tiene mención de otra estatua colocada en el oratorio de Alejandro Severo, emperador romano (203-235), según el obispo Ireneo, junto a los bustos de Abraham, de Orfeo y de Apolonio de Tiana, gran taumaturgo del siglo I.

         Las pinturas más antiguas que se conservan, las de las catacumbas de los siglos II y III, representan a Jesús casi siempre bajo los símbolos del pez o del cordero. En algunas Jesús es representado como el Buen Pastor. Pero, de hecho, es la efigie de un adolescente según los cánones del efebo griego, imberbe, con el cabello corto y rizado, llevando a hombros un cordero. En el siglo XII tenemos el Pantocrátor del maestro de Tahull, tan conocido en la Historia del Arte.

Se sabe que algunas sectas gnósticas conservaban juntos los retratos de Cristo, Pitágoras y Aristóteles. Un extraño texto del obispo Ireneo dice que el retrato de Jesús provenía de un original debido a Pilato. Parece que se han encontrado dos de estas imágenes. La una, de tierra, representa a Cristo de perfil, como un joven imberbe, con la inscripción Xristos y el pez simbólico. La otra, sobre una especie de medallón, lleva en hebreo el nombre de Jesús y representa al Señor con cabellos partidos sobre la frente que le cubren las orejas y le llegan hasta los hombros. Mención especial merece el extraño negativo del famoso "Santo Sudario de Turín". Las características faciales de la figura de la sábana parecen ser las propias de la raza judía: nariz larga y fina, ojos grandes y hundidos, cabellos largos y abundantes, peinados con raya en medio, bigote y barba partida ligeramente en dos, labios finos. Este lienzo muestra huellas que han sido interpretadas como las de un hombre flagelado, crucificado y muerto. Este hombre es alto (1,75 m), andador (los músculos de las pantorrillas son muy fuertes), trabajador manual (los músculos de las manos, brazos y hombros, sobre todo el derecho, bien desarrollados). Últimamente, tenemos el proyecto de la revista Discover y la BBC londinense, del que dice el doctor José R. Martínez Villamil que aquél está más próximo al hombre de Cro-Magnon que a un semita. En resumen, nada resolutivo. Pero, ¿qué certeza podemos tener de que se consiga el retrato de Jesús?

        Me parece que ninguna. Ahora bien, para el creyente interesado en su personalidad, no creo que haya mayor referencia que sus palabras de fe y esperanza. El Mensaje de Jesús sería su retrato más interesante.  

        Parafraseando a san Pablo, podríamos decir que "ahora vemos a Cristo oscuramente, mas un día lo veremos cara a cara" ( 1 Cor. 13: 12). Nos imaginamos que se refiere a su dimensión gloriosa.

 

                             CURIOSAS VIDRIERAS

 

                     El retrato de Jesús de Nazaret (y IV)

 

       Reconozcamos que la tradición hebrea de no representar imagen alguna de Dios está presente en los mismos evangelios, incluso en las Cartas que acompañan a éstos. Ello influyó también en El Corán. Recuérdese la película biográfica de Mahoma, en la que no se le ve el rostro, por poner un ejemplo. No es de extrañar que los evangelistas no describiesen físicamente a Jesús. De hecho, lo más importante para ellos era su Mensaje, su Kerygma como dicen los teólogos de ahora. Los evangelios gnósticos, hallados en 1947 en el alto Egipto por un pastor en unas tinajas y escritos con toda probabilidad en los siglos III y IV, son todavía más radicales y jamás describen circunstancias y pormenores de las relaciones de Jesús con sus discípulos. Sencillamente se limitan, mediante una técnica casi de catecismo en preguntas y respuestas—logia que dicen los especialistas—en muchos de ellos, de los cuales el más representativa es El evangelio de Tomás.

 

Aparte de las escasas indicaciones indirectas de los evangelios canónicos, poco más podemos saber seguro. Incluso E. G. White, visionaria norteamericana del siglo XIX, guarda silencio acerca de los rasgos del físico de Jesús. Todo lo que hemos podido encontrar acerca de ese tema en sus declaraciones se resume en las siguientes palabras:

"La encarnación de Cristo en carne humana es un misterio. El podía haber venido a la tierra con una apariencia insigne, diferente a los hijos de los hombres. Su semblante podía haber brillado con gloria y su forma podía haber sido de una gracia considerable. Podía haber mostrado una apariencia como para embelesar al espectador; pero esto no estaba de acuerdo con el plan trazado en las cortes de Dios. Había de ostentar las características de la familia humana y de la raza judía. En todos los aspectos el Hijo de Dios había de exhibir los mismos rasgos que otros seres humanos. No había de tener tal belleza personal que la hiciera singular entre los hombres. No había de manifestar ningún encanto maravilloso por el que atrajese la atención hacia sí mismo. Él vino como un representante de la familia humana ante el cielo y la tierra. Había de vivir la vida de la humanidad de tal forma que contradijese la aserción que Satanás había hecho de que la humanidad era su posesión perpetua, y que Dios mismo no podría librar al hombre de las manos de su adversario. Podemos imaginamos el porte de Jesús majestuoso, atrayente, amable, reflejando en sus ojos su extraordinaria superioridad espiritual, porque el rostro es el espejo del alma. Muerto en plena juventud, su figura queda permanentemente vigorosa y joven a través de las generaciones. Como cristianos debemos vivir la fe en el Cristo histórico, pero sobre todo, en el Cristo resucitado. Esta misma indeterminación evangélica en cuanto a lo exterior debería servirnos para estimular nuestra fe y nuestros deseos de contemplarle un día, glorioso, a la diestra del Padre. Mientras tanto, debemos esforzarnos por reflejar su carácter, pues su conocimiento según la carne es mucho menos importante que su conocimiento personal, por la comunión en su espíritu".

 

    Al hilo de estas reflexiones de la autora, podríamos concluir diciendo que Jesús no llamaba la atención por su belleza, que llevaba en su rostro los inconfundibles rasgos de la raza judía, más o menos de mediana estatura, que es la constante antropológica de la raza semita,  que llevaba barba, cabellera partida en dos al estilo de los nazarenos o consagrados a Dios, que podría irradiar la belleza de la santidad en su expresión en los instantes de recogimiento o de trato íntimo, que tendría don de gentes como para congregar en su entorno muchedumbres, que su voz sería bien timbrada y sonora, con calor en su acento, que también tendría arranques de carácter enérgico como nos muestra a veces su discurso evangélico; en fin, eso es poco más o menos todo lo que podemos saber seguro, acerca de la apariencia corporal de Cristo y es el parecer común de artistas y estudiosos simpatizantes con su fe.

 

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                        Significados de la cruz  (I)

 

         Dice Antonio Carrera en su obra Simbología oculta de la Cruz: "El símbolo de la Cruz aparece representado en infinidad de monumentos, cerámica, monedas, adornos, pendientes, collares, lápidas, etc., en distintas civilizaciones de la antigüedad. La encontramos en casi todas las culturas como Japón, China, India, Cartago, Troya, Egipto, Babilonia, Asiria, Caldea, Fenicia, Persia, Grecia, Roma..." A pesar de su universalismo el autor reconoce que "el origen de este símbolo -la Cruz- se halla sumergido en las profundidades de los misterios más insondables, de los muchos que rodean a la humanidad".

       Los estudiosos del tema encuentran dos grandes aspectos en cuanto a su significado: el esotérico, que habla a la perspicacia de los iniciados, y el que está en la mente de todos y que nos viene de la interpretación de la fe cristiana.   

      Manuel Saurina Mateu, en su Enciclopedia iniciática mínima, nos expone un cuadro con todas las cruces conocidas en las sucesivas culturas y repetidas en cada una de ellas con ligeras variantes, desde la antigua cruz fenicia hasta la cruz de los rosacruces, ya a finales de la Edad Media. En este paréntesis podríamos enmarcar incluso la cruz papal, así como la patriarcal, teniendo en cuenta la cruz ánsata de los egipcios, la antigua tau, la esvástica, la indiana de América y, por supuesto, la cruz latina, que es la que nos da paso al segundo estudio.

     En el primer esbozo es necesario advertir que los simbolismos están en función de quienes interpretan su descripción. Generalmente se considera la parte inferior como el estrato inferior de la naturaleza humana que se hunde en los instintos, en la tierra, mientras que la parte superior es la que se eleva hacia arriba, como el pensamiento que busca un sentido a la existencia y también soluciones para sus problemas. El travesaño representa las contradicciones que nos asaltan en la vida cotidiana, así como las dificultades y los dolores. Esta visión platónica se podría extractar de la siguiente manera: El alma desciende a la tierra material para ser cualificada y poderse convertir en espíritu. La cruz de Platón está tendida, pero, como dice Saurina, ya con el Cristo se levanta con la cabeza en alto.

      Y con esta alusión entramos en el significado más humanizado de la cruz y que por ello lo vincula con la realidad de cada día, independientemente de las especulaciones de la alta cultura. Para la contemplación de esta cruz cristiana tendríamos que añadir el  I n r i  de su cabezal, conocido de todos: "Jesús Nazareno Rey de los Judíos", que Pilato hizo colocar para orientación de los que entraban y salían por la puerta de la ciudad que conducía al Calvario.

      Oigamos lo que dice el carmelita Eusebio Gómez: "La cruz. Cualquier mal o sufrimiento, dolor, fracaso, desventura lo podemos llamar cruz". En efecto, todo el mundo hoy asocia la cruz con esta acepción: el padecimiento, la contrariedad que nos obliga a reflexión acerca de la actitud de Dios ante las pruebas a las que es sometida la humanidad por el hecho de estar en este mundo. Aquí está el gran misterio del cristianismo, por el que se impuso, primero a las grandes masas del Imperio y luego a los patricios romanos, así como a los intelectuales, tan familiarizados éstos últimos con las doctrinas neopitagóricas y neoplatónicas que por entonces pululaban en la cuenca del Mediterráneo. La muerte de Jesús en ella ponía a prueba a los intelectos más recalcitrantes de los dos siglos siguientes. Pero el apóstol Pablo lo había visto con claridad meridiana: Aquella cruz de la infamia significaba una nueva mentalidad, una nueva era en la que ya la miseria humana y los sufrimientos tenían sentido más allá de las doctrinas filosóficas para minorías. A los grandes Misterios de Isis, Mitra, Orfeo, Baco o Eleusis, entre otros, iba a suceder uno solo, con el que sería suficiente para entender por qué y para qué la humanidad sufría.  

 

 

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                     SIGNIFICADOS DE LA CRUZ   (II)

 

      Fue el jesuita y paleontólogo francés Teilhard de Chardin el que en El Medio Divino le dio una destacada dimensión al sufrimiento para que éste dejara de ser un signo menos en la cuantía de la evolución. "El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo" (Lc14,27), dice el mismo Jesús. Sin embargo, en el Antiguo Testamento se decía que un condenado a muerte en la cruz debía ser considerado como un “maldito de Dios” (Dt 21,23). Por eso, la cruz era un “escándalo” y un gran impedimento para que el pueblo judío creyese en Jesús como el Mesías (Mc 8, 32). El apóstol Pablo no oculta que la cruz escándalo es para los judíos y necedad para los paganos. Bultmann, el gran teólogo protestante de la línea liberal, nos advierte que: “En la cruz de Cristo ha dicho Dios su juicio sobre el mundo, y a través de él ha abierto el camino de salvación”. Definición lapidaria.

      Ahora bien, visto el argumento de la cruz desde la modernidad, secularizada a más no poder, nos parece quijotesco y condenado al fracaso, ya que la técnica, la ciencia y el humanismo ateo, agnóstico,  existencialista o marxista, ha realizado el reto prometeico de las revoluciones industriales y sociales. Esto es innegable, pero también se ha de reconocer que ello ha traído un evidente malestar en las inteligencias despiertas que no se resignan al gran vacío. De este modo, el consumismo, la frivolidad, el alcoholismo, la droga, la violencia y la inmoralidad casi institucionalizadas, así como el libertinaje de los instintos como sucedáneo de un sentido decente de la vida, ¿no será todo consecuencia de lo que dijo Nietzsche en La gaya ciencia :"Desde que Dios ha muerto la soledad se ha hecho insoportable"? Muerto filosóficamente se entiende, que no en las conciencias de millones de creyentes que saben muy bien que la cruz es el gran "descubrimiento" del cristianismo, y que mientras que el judaísmo contemporáneo de Jesús esperaba de Él la liberación mesiánica frente a Roma, el Maestro pone el dedo en la llaga del corazón de la Historia.

       Cinco siglos antes que Jesús, Buda había dicho que la vida es esencial e irremediablemente dolor. La solución budista es el desapego y la frialdad hasta anular el deseo de vivir (Nirvana). La solución de Cristo es la rehumanización de las relaciones de los individuos sellándolas con el Amor. La cruz no es deseada, pero sí aceptada como un conocimiento de la realidad cotidiana siempre amenazando desesperación, pero susceptible de aliviar ayudados con la esperanza. La fe cristiana introduce el heroísmo espiritual del hombre de la calle frente a la distancia reflexiva de los filósofos. El sufrimiento es la sabiduría que da solidez moral a un hombre y a una mujer y los hace persona, y los prepara para un nivel superior de sentimientos en el criterio ante la vida.

       Pocas veces se ha dicho que el triunfo del cristianismo se debió, frente a las religiones mágicas del entorno y al judaísmo mesiánico, en la nueva sensibilidad que trajo a la sociedad. Una manera de sentir que arrancaba desde las clases más desfavorecidas con una fuerte dosis de sentido trágico, que se hizo permanente con las persecuciones y la lucha contra la esclavitud. Desde entonces la pobreza y la desigualdad de clases sociales no eran un designio de los dioses sino una deficiencia de la política que había que subsanar, si bien la evolución de la historia de Europa debido al feudalismo posterior y a las monarquías absolutistas no permitieron que los contenidos neotestamentarios de mejoras de las condiciones de vida se cumplieran como debían.  

     Puede parecer que las dos alternativas que ofrece el espíritu cristiano, o sea, el sentimiento trágico de la vida (recordemos el tsunami del sudeste asiático) y la reivindicación de una realidad más habitable en un mundo mejor distribuido y aprovechado, pueden chocar y llevarnos decepcionados a la solución budista, pero ésa es la exigencia, el desafío que hay que aceptar. Morir en nuestra cruz diaria es inevitable, pero también hay que resucitar al esfuerzo desde ella. En otra ocasión demostraremos cómo la verdadera fe no está reñida con el progreso.

 

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                           Cuando el poema se hace oración  (I)

 

        No lo tendría fácil un estudioso que buscara en la Literatura Española todas las citas en las que los versos adoptan actitud de plegaria y como las oraciones cristianas que todos conocemos se pudiesen convertir en rezo ordinario de los devotos, tales como el Credo de san Atanasio, el Padrenuestro de los Evangelios, de donde también la primera parte del Avemaría,  la Salve de Pedro Mesoro, el Rosario de santo Domingo, la décima Bendita sea tu pureza del franciscano Antonio Panes, Alma de Cristo, santifícame de san Ignacio de Loyola,  por poner algunos ejemplos.

       Pero haciendo una lectura somera de las obras más conocidas, saltará a nuestra vista la acción de gracias que hace el Mio Cid ""¡Grado a Ti, Señor Padre, que estás en lo alto"! Más adelante nos encontramos con este pasaje: "Llegó a Sancta María, luego descavalgaba;/ Fincó los hinojos, de corazón rogava./ La oraçión fecha, luego cavalgava". También insta a doña Jimena a que ruegue a Dios para que pueda volver y casar a sus dos hijas. El Libro de Buen Amor  comienza con una oración a Dios. En las Coplas de Jorge Manrique, su padre don Rodrigo se dirige a Cristo con evidente fervor.

       No hace falta afirmar que toda la literatura medieval está entreverada de expresiones que tienen un significado religioso y las alusiones serían interminables. Como no es mi intención espigar detalladamente todas las ocasiones que se ofrezcan como tales, dedico el articulo a aquellos poemas que me parecen más representativos.

      A pesar de que el Renacimiento fue mucho más variado en su temática, hubo escritores que tuvieron presente la tradición cristiana de manera muy profunda como Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, el mismo Fernando de Herrera... Exceptuando a Garcilaso de la Vega, todos los poetas rindieron un pequeño o gran vasallaje de sentimiento al motivo de la fe, que tanto calaba entonces en la España Imperial.  Pero de todos los autores fue Lope de Vega el que rezó con más poemas propios. Son conocidos algunos sonetos suyos como "¿Qué tengo yo que mi amistad procuras,/qué interés se te sigue, Jesús mío...?" También otro que comienza: "Pastor que con tus silbos amorosos/me despertaste del profundo sueño..."

     Sin embargo, de toda la poemática religiosa de los dos siglos áureos, tenemos que citar como un ejemplo inigualable el célebre soneto "Oración a Jesús Crucificado", de autor lamentablemente anónimo.  Rafael Morales en su magnífica Antología de Los 100 mejores poetas de la lírica castellana vacila en su atribución a Santa Teresa, a San Francisco Javier, a San Ignacio de Loyola, a fray Pedro de los Reyes, a fray Miguel de Guevara. El valor literario no está solamente en su comunicación religiosa, sino en la estructura maravillosamente cerrada compuesta por paralelismos y justeza expresiva que hacen de este soneto una joya de la literatura religiosa universal, espécimen de fervor que sintetiza todo el Barroco hispánico. Pongamos atención a esta estrofa que puede servir de plegaria  a quien la sienta como suya: "No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido;/múeveme ver tu cuerpo tan herido;/muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor de tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiere;/ pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera". Fíjese bien el lector en la concisión y el contenido de sus versos y se dará cuenta de que hay en ellos todo un compendio de fe cristiana. En cuanto a su factura literaria, se puede decir con todo rigor que no hay un soneto tan perfecto en la literatura universal, dada las distribuciones paralelísticas de su estructura y el clímax emocional ascendente que comunica. Todo ello hacen de él un modelo de poema que excita la ambición del comentarista para profundizar en sus valores expresivos.

 

                              CURIOSAS VIDRIERAS

 

                        Cuando el poema se hace oración ( y II)

 

        La literatura española contemporánea también registra un buen número de poemas que bien podrían ser entonados como una oración. Adelardo López de Ayala (1829-1879), un poeta sevillano de Guadalcanal, escribió un soneto que merece ser citado como una auténtica plegaria, y de hecho así se titula:"¡Dame,Señor, la firme voluntad, / compañera y sostén de la virtud; /la que sabe en el golfo hallar quietud /y en medio de las sombras claridad;/la que trueca en tesón la veleidad,/y el ocio en perennal solicitud,/ y las ásperas fiebres en salud, /y los torpes engaños en verdad!/Y así conseguirá mi corazón/que los favores que a tu amor debí/ te ofrezcan algún fruto en galardón.../Y aún Tú, Señor, conseguirás así/que no llegue a romper mi confusión/ la imagen tuya que pusiste en mí".

        Ya Bécquer (1836-1870), autor profundamente cristiano, escribió una rima que comienza: "Patriarcas que fuisteis la semilla/ del árbol de la fe en siglos remotos:/ Al vencedor divino de la muerte/ rogadle por nosotros/". Oigamos el grito desgarrado de Antonio Machado (1875-1939) después de perder a Leonor: "Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería./Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar./ Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía./ Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar".  En otro momento, el poeta hispalense expresará su fe con inquietantes visos de modernidad: Yo amo a Jesús, que nos dijo:/"Cielo y tierra./ pasarán./Cuando cielo y tierra pasen/mi palabra quedará./¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?/¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?/Todas tus palabras fueron/una palabra: Velad".

      Otro poeta, de alma republicana como don Antonio, no ocultó su fe en Jesucristo. León Felipe (1886-1968) escribió versos libres en los que expresó su religiosidad al margen de rigores métricos:"Viniste a glorificar las lágrimas,/no a enjugarlas.../ Viniste a abrir las heridas,/ no a cerrarlas.../ Viniste a encender las hogueras,/no a apagarlas.../ Viniste a decir:/ ¡Que corra el llanto,/ la sangre, el fuego/ como el agua!"

      El realismo de los Cristos castellanos debió de impresionar al poeta. León Felipe, lejos de la cobertura artística de los Cristos andaluces, mete los dedos en la llaga de la fe cristiana. Creer no es evasión celestial, sino abrir los ojos al drama de la humanidad, que sufre con el alma y el cuerpo el misterio del Mal, que va desde la ignorancia hasta la injusticia; desde las catástrofes de la naturaleza hasta las locuras de los hombres maltratando a la Tierra; desde el amor que soporta hasta la envidia que zancadillea...

      En nuestros días, al lado del tono inconformista de Blas de Otero (1916-1979), tenemos a otros autores más resignados con los absurdos y el tormento velado de la existencia humana. He aquí una muestra de la plegaria insatisfecha del gran poeta vasco. "En calidad de huérfano nonato/y en condición de eterno pordiosero,/aquí me tienes, Dios. Soy Blas de Otero,/ que algunos llaman el mendigo ingrato./ Grima me da vivir, pasar el rato,/tanto valdría hacerme prisionero/de un sueño. Si es que vivo porque muero/ ¿a qué viene ser hombre o garabato?"

      Un poeta como José Luis Hidalgo (1919-1947), intimista y conforme con la trayectoria de la vida humana, rezó muchas veces con sus propios versos en su corta existencia, tal como en este poema titulado "Te busco":"Déjame que tendido en esta noche,/ avance como un río entre la niebla/ hasta llegar a Ti, Dios de los hombres,/ donde las almas de los muertos velan./ Yo no sé dónde estás, pero te busco,/ en la noche te busco y mi alma sueña./ Por los que ya no están sé que Tú existes/ y por ellos mis aguas te desean./Y sé que como un mar a todos bañas;/ que las almas de todos Tú reflejas, / y que a Ti llegaré cuando mis aguas/ den al mar de las aguas verdaderas".

       La fe y el amor, cualquiera que sea su destinatario­ —enamoramiento, la propia sangre, los amigos, el prójimo, la profesión, la afición a un quehacer noble—, mueven el cielo y la tierra, como diría Dante. Que el homínido haya superado una línea abismal que lo separa infinitamente de sus congéneres, debería hacer pensar a los no creyentes en que una Energía Eterna y configuradora de la materia nos penetra hasta el punto de que busca más allá de nuestras limitaciones  una dimensión ultrahumana donde Amor, Belleza y Sabiduría tocan su bienaventurado techo. Para esa búsqueda estamos aquí incansablemente a pesar de las contradicciones y contrariedades. Quizás la más eficiente oración sea ese esfuerzo sostenido que empezó en la ameba y acabará en el ángel.

       

 

                               CURIOSAS VIDRIERAS

 

                                            María en la Resurrección

 

 Mientras que en los evangelios canónicos se nos refiere que fue a Ma­ría Magdalena a quien Jesús se apa­reció una vez resucitado, en los apócrifos es su Madre la que aparece como primera tes­tigo de ese hecho, del mismo modo que en los sinópticos las mujeres miran "de lejos" la crucifixión, mientras que en san Juan 19, 25 María está junto a la cruz, como es­cribió Jacopone da Todi en su famoso Sta­bat Mater.

Uno de los escollos de creyentes en Jesús como enviado de Dios y portador de un mensaje de fe y esperanza en la otra vida, está en la resurrección del Salvador. Ade­más de los textos canónicos, que ya conoce­mos, sería de gran interés aportar datos extraídos de evangelios no bien conocidos en Occidente cuando la Iglesia de Roma se consolidaba. De modo muy sintético, expo­nemos ciertos rasgos que no van a pasar de­sapercibidos.

Orígenes (185-254), famoso teólogo cris­tiano de Egipto, que murió mártir, conside­raba el Evangelio de los Doce apóstoles co­mo uno de los más antiguos evangelios co­nocidos, incluso anterior incluso al de san Lucas actual.

En él María exclama ante su Hijo resuci­tado: "¡Maestro! ¡Mi Señor y mi Dios! ¡Hijo mío! Has resucitado, has resucitado de verdad..." Y quería besarle. Pero él se lo im­pidió y le rogó, diciendo: "Madre, no me to­ques. Espera un, poco... No es posible que nada carnal me toque hasta que yo vaya al cielo. Sin embargo, este cuerpo es con el que pasé nueve meses en tu seno. Sabe es­tas cosas, Madre mía, sabe que soy yo a quien tú alimentaste. No dudes de que yo soy tu hijo. Soy yo quien te ha dejado en ma­nos de Juan cuando yo estaba colgado de la cruz. Ahora, Madre mía, apresúrate en ad­vertir a mis hermanos y decírselo...». (Fragmento 14).

       Si lo comparamos con el Evangelio de San Juan, en el versículo capítulo XX, Jesús da la misma orden, pero en este caso a Ma­ría de Magdala. El sentido de ambos textos es el mismo y solamente cambia la interlo­cutora del Maestro resucitado. También en los de Marcos y de Mateo se trata de María Magdala.

       Tomemos ahora el Evangelio de Bartolo­mé. Estamos ante el sepulcro la mañana de la resurrección. María escucha la voz de una persona que, le dice: "¡María! ¡Madre del Hijo de Dios!". Y María, que conocía esa voz, dice: "¡Maestro! ¡Hijo de Dios Todopo­deroso!... ¡Mi Señor y mi hijo!" Pero Jesús no para aquí su llamada y continúa: "¡Salud a ti, madre mía, mi arca santa. Ve a mis her­manos para decirles que he resucitado de entre los muertos". (2° Fragmento).

        En el llamado Evangelio de Gamaliel Ma­ría se dirige a un desconocido, al que supo­ne el hortelano, como en los textos canóni­cos, y le dice entre otras palabras: "Señor: esto es lo que me entristece, porque en esa tumba no he encontrado el cuerpo de mi hi­jo bienamado, para llorar sobre él, lo que habría consolado mi tristeza... Y ahora, si sois el guardián de este huerto, os conjuro a que me informéis...". Jesús le responde en­tonces: "María, ya has derramado bastan­tes lágrimas hasta ahora... Mírame el ros­tro, madre mía, para convencerte de que soy tu hijo...". Ella le dice: "Entonces has re­sucitado, oh mi señor y mi hijo...". (Extrac­tos). 

 

 

                                             CURIOSAS VIDRIERAS

 

                                                     Viernes Santo

 

 

VIERNES-dies veneris-, "día de Venus" en el calendario romano, como todos sabe­mos. Joan Corominas, en su diccionario etimológico de la lengua castellana, la docu­menta en 1219. Otro vocablo derivado de esta palabra es "Venera", en concreto del latín "Ve­neria", especie de concha, así llamada por la concha en que se pinta a la diosa Venus al salir de las aguas, en un cuadro de Botticelli.

 

La tradición ha admitido el viernes como día de la muerte de Jesús. A partir de entonces la importancia del Vier­nes Santo en el mundo cristiano ha sido decisi­va. ¿No influyó ella para que el Islam lo tomara como día santo? (No se olvide el respeto que hay en el Corán por Jesús y su Madre. Suras III y XIX). Mahoma tuvo en su juventud un maestro cristiano nestoriano (Nestorio consideraba que en Jesús había dos naturalezas y dos personas y que su Madre había sido solamente madre de la naturaleza humana> frente a la Iglesia que reco­nocía en Jesús dos naturalezas en una sola per­sona, y que María era madre de ambas, la hu­mana y la divina). Todo esto revalida la tesis de la tradición cristiana.

 

Por tanto, ese día se convierte en el pilar de la civilización cristiana. Marca un antes y un des­pués, si bien esta demarcación histórica no ten­dría efectos sociales sino después del Concilio de Nicea (a. 325). Que la Didaché —documento ca­tequético y litúrgico del cristianismo primitiva——­nos narre que los primeros cristianos celebra­ban el domingo como fiesta en la que se reunían al amanecer para elevar sus preces a Dios, no es nada extraño, ya que este día fue considerado nuncio de la resurrección.

 

 

 

 

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                            LAS ÚLTIMAS HORAS DE LA PASIÓN DE JESÚS   ( I )

 

 

 

    Un trabajo de Luis Ortiz Muñoz editado en El Correo de Andalucía titulado "Cronometría de la Pasión" dentro de un amplio trabajo que tuvo como epígrafe "Consideraciones, anécdotas y leyendas de la Pasión", aparecido entre 1965 y 1980, me ha dado pie para reseñar aquí, a modo de síntesis, un esbozo de las últimas horas de Jesús; detalle que estimo de interés para todo cristiano y todo curioso del tema. El artículo fue transcrito por Luis Jiménez Sampedro al Boletín de las Cofradías  de Sevilla, número 342, marzo de 1988. A él he añadido algunas notas de otras fuentes que enriquecen los artículos siguientes.

 

 

     Comencemos por LA NOCHE DEL JUEVES SANTO. Como sabemos todos, es la Cena Pascual el punto de partida de la Pasión en los cua­tro Evangelistas. San Mateo y San Marcos son los únicos Evangelistas que nos dan  referencia de tiempo (Mat. XXVI­-20); Marc. XIV-17).  Puesto el sol y entre dos luces, llegada la tarde, comienza para ambos la Cena.

 

 

 

El co­mienzo del hecho, en consideración a la puesta del sol en el mes de abril en un lugar como Pa­lestina, podemos situarlo después de las siete y media de la tar­de.

 

 

 

A partir de esa hora, los hechos del Cenáculo se suceden en la exposición de los cuatro Evangelistas en un período hipotético de tiempo de unas dos horas y media, que suponemos aproxi­madamente el necesario para reunirse los discí­pulos y sentarse a la mesa, comenzar la cena, interrumpirse con el lavatorio de los pies, con­tinuar con la institución de la Eucaristía, salida de Judas, sermón o discurso de .Jesús, oración sacerdotal y rezo o canto de los Salmos 115, 116 y  117, según costumbre hebraica.

 

 

 

 

Cuando sale Judas, San Juan señala (XIII-30) era ya de noche. Jesús, por tanto, tras de hacer el camino del Cenáculo de Getsemaní, situado al Este de la ciudad, al otro lado del torrente Cedrón, no debió empezar la oración del huerto hasta las diez de la noche.

 

 

De la ora­ción del huerto hay referencia de tiempo en San Mateo y San Marcos (Mat. XXVI-40; Marc. XIV-­37) "Cuando al venir Jesús, después de la primera oración, dijo a los discípulos: ¿Así que no habéis podido velar una hora conmigo?" Juzgamos, por tanto, que la estancia en el huerto, interrumpi­da por la presencia de Judas, debió durar aproximadamente una hora; esto es, hay que situar las escenas de la traición y prendimiento de Jesús a partir de las once de la noche.

 

 

Desde esa hora hay referencias temporales de los Evangelistas son ya muy escasas. Sólo se puede hacer la deducción de que Jesús debió llegar a casa de Caifás poco antes de la media noche puesto que el gallo cantó por primera vez cuando ya Jesús estaba allí.

 

 

Tal suponen algunos comentaristas al refe­rirse a Mat. XXVI-57; hay que situar así entre las once y once y media las escenas del prendimiento; a las once y media el comienzo del proceso religioso ante Anás con la escena de la bofeta­da y hacia las doce en Casa de Caifás.

 

 

 

 

    LA MADRUGADA DEL VIERNES. A partir de las doce. el proceso religioso con­tinúa. Jesús es interrogado por Caifás, quien lo condena. En este punto llegan Pedro y Juan. Sobre las doce y media ocurre la primera nega­ción de Pedro. Alrededor de la una, Caifás se re­tira a descansar y prosiguen otros jueces interrogando a Jesús. Con esto coincide la segunda negación de Pedro, probablemente ocurrida an­tes de las dos de la madrugada. Hasta aquí no hay referencia de tiempo alguna en los Evangelistas.

 

   La cronometría no puede ser más que hipotética. Pero entre la segunda y la tercera negación, mientras Jesús seguía siendo vejado y maltratado en el mismo salón en que lo ha­bían juzgado por primera vez en el Sanedrín, como una hora de tiempo transcurrió, según afirma San Lucas (Luc. XXII-59).

 

 

    La tercera nega­ción, por tanto, siguiendo nuestra cronometría, ocurre a las tres de la madrugada hora en que al bajar Jesús al piso bajo del palacio del sacer­dote para ser entregado a la soldadesca pasa por el atrio, mira a Pedro y canta el gallo. Des­de esta hora hasta más allá de la cuarta vigilia, esto es, después de amanecer el viernes, el Se­ñor es burlado y maltratado por la soldadesca. Esta escena está mucho más intensificada en el apócrifo evangelio apócrifo de San Pedro.

 

 

 


 

                       LAS ÚLTIMAS HORAS DE LA PASIÓN DE JESÚS ( y II )

 

 

 

 

 

     LA MAÑANA DEL VIERNES. Los tres sinópticos empiezan el relato de los sucesos matutinos de la Pasión casi con las mis­mas palabras: cuando fue de día, venida la mañana (Mat. XXVII-1; Marc. XV-1; Luc. XXII-06). A esa hora, el Sanedrín se reúne en sesión muy breve para dar por concluido el pro­ceso religioso de Jesús. Serían como las siete. Mientras tal ocurría, Judas, desesperado, se suicidaba.

 

 

 

 

    Los judíos acudían inmediatamen­te al Pretorio a incoar el proceso civil ante el procurador Poncio Pi­lato. San Juan subraya este hecho diciendo (XVIII-XXVIII) que era por la mañana. Situemos por tan­to, a las ocho el comienzo de la acusación pública, n la que siguió tras el interrogatorio privado, el diálogo con los acusadores y el planteamiento de acusaciones nue­vas. Hasta eso de las 9 no debió ir Jesús a presencia de  Herodes.

 

 

 

 

    La escena debió de ser brevísima. Media hora después el Salvador es devuelto al César. Se dicta la sentencia de Cruz. San Juan (XIX-14) sitúa esas escenas en las proximidades de la hora sexta, por lo que hay que suponer que la Vía-Crucis fue muy rápida. Jesús debió hacer el itinerario que media entre la torre An­tonia y el Gólgota en menos de media hora y llegada al Calvario minutos antes de las doce, ya que según San Marcos (XV-25) lo crucifica­ron aún en la hora tercia, cuando ésta declinaba a la sexta, cuyo comienzo son las doce en punto de la mañana. En cuanto al recorrido, existe la leyenda de los 999 pasos; pero, ¿hemos de tomar esta cifra en sentido simbólico? Según Adriconius fueron 1321 pasos, o más bien doscientos metros desde la Torre Antonia al  Gólgota.

 

 

  

   Por otra parte, la Vía-Crucis, según los datos evangélicos, sólo tiene dos esce­nas: la de Simón Cirineo, a quien cargaron la Cruz, y la de las santas mujeres de Jerusalén, que refiere San Lucas (Luc. XXIII-27-32), si nos olvidamos de la Verónica que enjuga el rostro sangriento de Jesús en su camino hacia el Calvario, según se nos refiere en el antes mencionado Petit Saint-Graal  (Pequeño santo Grial) de Robert de Vorron, que se encuentra en la biblioteca de Mans y data de entre 1225 y 1260.

 

 

   Al comenzar la hora sexta, y con ella la tarde del Viernes Santo, Jesús estaba ya crucificado. A esto tendríamos que añadir el encuentro con su Madre y Juan, como nos relata la recensión B de las Acta de Pilato.

 

 

 

   LA TARDE DEL VIERNES. Inmediatamente fue colocado el rótulo so­bre la Cruz. Después los soldados se repartie­ron las vestiduras. De doce a una pronuncia Je­sús la primera y segunda palabras. De una a dos, la tercera. Ya al comenzar la hora sexta se habían iniciado las tinieblas que durarían las tres horas de la agonía del Señor.

 

 

 

    La cuarta palabra fue pronunciada minutos antes de las tres. El tes­timonio de San  Mateo es contundente y está del mismo modo constatado por San Marcos (Mat. XXVII-16; Marc. XV-34). Las palabras quinta y sexta siguieron inmediatamente. La séptima y la muerte entre las tres y cuatro. Ninguno de los evangelistas precisa la hora en punto de la ex­piración, pero que sería al comenzar la hora nona; lo ponen de manifiesto las últimas palabras y las tinieblas para las que se da esta hora según San Mateo (XXVII-45) y San Marcos (XV-33).

 

 

 

    A la media hora, durante la cual ocurrieron los grandes prodigios y la confesión del Centu­rión —véase el evangelio apócrifo de San Pedro—, se presentaron los judíos a Pilato para que se quebrasen las piernas a los ladrones.

   

 

  

    Cerca de las cuatro hay que situar la lanzada e inme­diatamente después la petición del cuerpo de Jesús a Pilato por parte de José de Arimatea. La confirmación de la muerte declarada  al procurador romano por el Centurión y el Descendi­miento.

 

 

 

 

       Después de las seis de la tarde fue sepultado el Señor, puesto que al ocultarse el sol comenzaba la festividad del sábado. Las dos úni­cas referencias de estos hechos las encontramos en San Mateo y San Lucas. En Mateo dice (XXVII-57) que cuando ya era muy entrada la tarde José de Arimatea pidió el cadáver. Esta tarde hay que interpretarla por pasada la hora de la muer­te, o sea durante las primeras vísperas que duraban hasta ponerse el sol. San Lucas (XXIV-54) da como hora de la sepultura el rayar del sábado, esto es, el crepúsculo.

 

 

 

 

    El entierro debió de ter­minar alrededor de las siete de la tarde y en torno al sepulcro quedaría la guardia y en un principio su Madre, Juan y las mujeres que les acompañaban. Tal es, esquemáticamente expuesto, el horario de la Pasión de Jesús, según la hipótesis más verosí­mil. Como se ve, esta cronometría coincide casi totalmente con lo que se han imaginado la tradición y la piedad cristiana.

 

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ÍNDICE       

 

                  

  COLABORACIONES DIVERSAS:

                   Aromas de Cuaresma                             

  Un breve pregoncillo entre la Cuaresma y el Domingo de Ramos

  La música de la Semana Santa

  Domingo de Ramos

  La emocionada víspera

  A Nuestra Señora de los Dolores de los Servitas

  Un recuerdo de los años cincuenta   

  Soneto popular a Jesús Nazareno                                                        

  Cuaresma en la Isla                                                                               

  Pequeño mosaico de la Semana Santa    

  Quintillas para el Huerto

  Improntas nazarenas

  Tercerillas para el Huerto

  Madrugá isleña                                             

  Acercamiento emocional a la Cuaresma

  Al Cristo de la Buena Muerte

  Al Señor de la Caridad

  A la Virgen Nuestra Señora de Caridad   

  La Madrugá                                             

  Saetas para la Pasión de Nuestro Señor  

  Un Jesús Nazareno para el fracaso   

  Testigo de excepción en la Isla  Madre de los Dolores Nazarena   

  A Nuestra Señora  María Santísima de los Dolores   

  El poeta se hace eco                           

  Un hombre, un Dios                                                                             

  Romance de una evocación 

  Mater Amabilis, Mater Dolorosa 

  Claves del evangelio de san Juan                                                         

  Pasión que es también la tuya (Artículos)                                              

  La opinión del escéptico                                                                       

  Pasión que es también la tuya (Poema)                                                 

  La vida es Madrugá                                                                               

  Soneto popular al Nazareno de la Isla

 

OTROS ARTÍCULOS APARECIDOS EN SAN FERNANDO INFORMACIÓN EN LA CUARESMA DE 2004

              BAJO EL EPÍGRAFE METIENDO BAZA:

 

  

Cuaresma del cofrade isleño

Bécquer y la semana santa

Los Machado y la semana santa

El tempo lento de las procesiones isleñas

Variantes de la Pasión (I)

Variantes de la Pasión (II)

Dos "misterios" apócrifos

 

EPÍGRAFE: CURIOSAS VIDRIERAS:

 

El retrato de Jesús (I)

El retrato de Jesús (II)

El retrato de Jesús (III)

El retrato de Jesús (y IV)

Significados de la Cruz (I)

Significados de la Cruz (y II)

Cuando el poema se hace oración (I)

Cuando el poema se hace oración (II)   

María en la Resurrección

Viernes Santo                                    

Las últimas horas de la Pasión de Jesús (I)                                                

                     Las últimas horas de la Pasión de Jesús y (II)